Desde Colombia hasta Honduras, el Padre Alexander Díaz Peinado, originario de la costa norte colombiana, específicamente de la ciudad de Guaranda, ahora párroco de la comunidad Santísima Trinidad de la colonia Nueva Capital en las periferias de Tegucigalpa, se ha convertido en un referente de cercanía con las personas y un compromiso arraigado con la fe. Una persona con alegría y carisma, que tuvo que pasar por muchas dificultades hasta llegar a su camino como sacerdote del Señor.
Familia
Su familia estaba conformada por su madre y sus dos hermanos, siendo el hijo de en medio. Perdió a su padre a los 13 años, cuando fue detectado con cáncer de estómago, un momento de su vida muy dura, “En aquellos momentos no teníamos la ciencia tan avanzadas como ahora, o por lo menos en el lugar donde vivíamos no teníamos la forma de acceder a estos tratamientos que puedan servir” explicó. De igual manera, desde niño aprendió de su madre el arte de la cocina al ser cultivadores de arroz y pescadores. La supervivencia y su entorno lo llevaron a querer ser enfermero y así fue como mientras realizaba el bachillerato cursó enfermería auxiliar para poder cuidar de aquel que lo necesitaba, este fue su primer acercamiento con Dios.
Vocación
A través de la enfermería aprendió a ayudar al prójimo y ver las necesidades de las personas, pero su camino comenzó cuando, el sacerdote de su parroquia lo invito a formar parte de la convivencia vocacional en Medellín, en donde el Padre Alex como le dicen sus amigos, por fin supo que quería dedicar su vida al servicio de Jesucristo. Tardaba 24 horas de viaje en canoa, hasta la connivencia, este trayecto estuvo lleno de muchas dudas para el joven que iba con muchas inquietudes; “¿Y yo para dónde voy? ¿Y qué va a pasar allí? Pues ahí te voy, señor” expresó. La convivencia fue un cambio radical en su vida, de pasar de una región movida con música y bailes, a tener que dormir a ciertas horas y con mucho silencio.
Honduras
Durante su recorrido como misionero llevo la Palabra de Dios a muchos rincones del mundo pero llego a Honduras un 27 de agosto de 2020 en medio de una pandemia mundial, en donde el Padre se incorporó con dudas y con miedo de contagiarse pero seguro de que Dios tenía grandes planes para su vida “estoy aquí porque Dios lo quiso”.