En el corazón de la Semana Santa, el Jueves Santo se presenta como una de las celebraciones más profundas para la vida cristiana. Ese día, la Iglesia recuerda tres grandes dones: la institución de la Eucaristía, el sacerdocio y el mandato del amor, expresado de manera concreta en el gesto humilde de Jesús al lavar los pies de sus discípulos. Este signo, sencillo, pero profundamente significativo, interpela hoy a los creyentes. “Lavarse las manos es renunciar; lavar los pies es evangelizar”.
Compromiso
Raúl Fernández, Ministro Extraordinario de la Comunión, lo expresa con claridad al decir “Cuando servimos, cuando llevamos la comunión a un enfermo o acompañamos a alguien en su dolor, estamos haciendo lo mismo que Jesús hizo: inclinarnos ante el otro con amor. Ahí está el verdadero sentido de la fe”.
Por su parte, Sofía Girón, catequista, destaca la dimensión formativa de este gesto al decir que “El lavatorio de los pies no es solo una representación, es una enseñanza viva. Nos recuerda que ser cristiano no es buscar privilegios, sino aprender a amar con acciones concretas, en la casa, en la escuela, en la comunidad”.
Daniel Díscua, feligrés de la Parroquia El Salvador del Mundo, comparte su experiencia desde la vida cotidiana. “A veces creemos que servir es algo grande, pero empieza con cosas pequeñas: escuchar, ayudar, perdonar. Ahí es donde uno vive de verdad el Evangelio”, dijo.
El Jueves Santo también invita a renovar el amor por la Eucaristía. Jesús se queda en el pan consagrado como alimento espiritual, y la adoración eucarística se convierte en un espacio privilegiado para encontrarse con Él. Servir no es una obligación, es una respuesta al amor de Dios. No se trata solo de hacer cosas, sino de hacerlo con amor, con humildad y sin esperar reconocimiento. El servicio auténtico transforma tanto al que lo recibe como al que lo da.