En estos días santos, mientras la Iglesia peregrina en el camino hacia la cruz, el corazón del mundo sufre con una herida abierta. Tierra Santa, lugar donde el Verbo se hizo carne, donde Jesús caminó, amó y entregó su vida, vuelve a ser escenario de violencia, de muerte, de intereses enfrentados que olvidan el rostro concreto de las personas. Y no solo allí: todo el Medio Oriente sufre las consecuencias de egoísmos humanos y decisiones marcadas por la mezquindad.
Ante este panorama, la tentación puede ser doble: o endurecer el corazón ante el dolor, como si no fuera con nosotros, o dejarnos arrastrar por la desesperanza. Sin embargo, lo que recordamos, lo que celebramos en la Semana Santa, no permite ninguna de estas dos actitudes. Vamos a la Pascua, es decir, a la celebración del amor que permanece incluso en medio del odio, el de la luz que no es vencida por las tinieblas.
Recorrer el camino hacia la cruz no es un ejercicio piadoso desligado de la realidad. Es, muy al contrario, entrar en el drama del mundo con los ojos de Cristo. Él no evitó el sufrimiento humano, no lo miró desde lejos. Lo asumió, lo abrazó y lo redimió desde dentro. En cada víctima inocente, en cada familia desgarrada por la guerra, en cada niño que sufre, ¡Cristo sigue siendo crucificado!
Pero la cruz no es la última palabra en el dialogo de Amor de Dios.
La esperanza cristiana no es ingenuidad ni huida. No consiste en negar el dolor ni en cerrar los ojos ante la injusticia. Es una certeza: que el amor de Dios es más fuerte que el pecado, que la violencia y que la muerte misma. La cruz, signo de fracaso para los que mataron a Jesús, es en realidad el lugar donde Dios revela su victoria: el triunfo del amor que se dona, que se da.
Vivir la Semana Santa en este ambiente nos obliga a plantearnos actitudes concretas. Primero, una oración más intensa y consciente: interceder por la paz, poner los rostros de los que sufren ante Dios, no dejar que el sufrimiento de la gente nos sea indiferente. Segundo, una conversión personal sincera, real: porque la guerra comienza en el corazón humano, en actitudes de egoísmo, de rencor o de indiferencia. Y tercero, un compromiso real por la paz en el diario vivir: en nuestras palabras, en nuestras relaciones, en la forma en que tratamos a los demás.
La esperanza cristiana tiene un rostro: Cristo resucitado. Y su resurrección no borra las heridas de la cruz; las transforma. Por eso, al contemplar el dolor del mundo en estos días, no miramos hacia otro lado. Miramos la cruz… pero la miramos con la certeza de que ya está iluminada por la mañana de Resurrección.
Esta Semana Santa, caminemos con Cristo, como lo haría Cristo. Y dejemos que su esperanza, más fuerte que todo odio y rencor, habite en nosotros y, a través nuestro, llegue a este mundo tan herido que la necesita urgentemente.