Este domingo es la gran antesala de preparación a la Semana Santa, llegando por igual al vértice de nuestras liturgias dominicales. Se trata de la esplendida escena de Betania, “el pueblo de Lázaro”, como todavía se llama hoy en árabe. Recurriendo al diálogo, estilo favorito en Juan, está Jesús y María la hermana del amigo muerto, hablando no de lo bueno que ha sido el difunto en vida y de la falta que hace en familia; sino del trasfondo que para ella mujer creyente en Jesús, concibe ahora la muerte de su hermano: “Si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto…”, le dice a Jesús. Parece que ésta es la expresión álgida que hace que Jesús eleve su espíritu y la conduzca a la profundidad de su mensaje de vida, “Tú hermano resucitará”. Si la Palabra de Dios al principio de la creación, reafirmaba la condena del “Mot tamut”, “ciertamente morirás”, en Jesús el Hijo del Padre, Dios anuncia ese fin inevitable ya no para el hombre, sino para la muerte. La primera sentencia trágica se produjo en el jardín del Edén, el nuevo anuncio-sentencia de vida, se produce en Betania, el lugar de la amistad de Jesús con esta familia de hermanos. Es aquí donde se anticipa el nuevo aroma que produce la muerte, para quienes creen en Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”. “Maestro ya huele mal” le dicen las hermanas, cuando Él quiere ir a ver dónde le han puesto. Van al lugar y Jesús, después de orar llama al muerto: “Lázaro ¡Ven afuera!”. “Los infiernos no son los que te alaban, Señor, ni es la muerte la que canta himnos sino el viviente es el que te da gracias” (Is 38,18-19). La piedra fue removida y el muerto se levantó. “¿Dónde está muerte, tu victoria?” (1Co 15,55). Con la resurrección de Lázaro Jesús manifiesta su poder sobre el pecado y la muerte, y anuncia su pasaje de muerte a la vida, para ser quien produzca la fecundidad definitiva de una semilla que al morir se corrompe para dar la vida hasta la eternidad. Ahora bien, para nosotros la Betania de hoy ya no está en el espacio, suburbio de Jerusalén, vive en el tiempo, porque Betania es cada Semana Santa. Allí nuestro aroma de muerte por los pecados, queda diluido en el aroma que trae la presencia de aquél que ha vencido a la muerte, constituyéndose Señor de la Vida.
Propósito de la Semana: Me confesaré ante de la Pascua.