A medida que avanzan los últimos días de la Cuaresma, se presenta una tentación silenciosa pero real: bajar la intensidad, aflojar el paso, conformarnos con lo ya hecho o incluso abandonar los propósitos que nos trazamos al inicio de este tiempo santo. Es como el corredor que, viendo cercana la meta, deja de esforzarse justo cuando más decisivo es el último tramo. ¡El último tirón!
Sin embargo, la lógica del Evangelio es distinta. La Cuaresma no es una carrera de velocidad, sino un camino de fidelidad. Y en todo camino espiritual, el final tiene un valor particular: es el momento donde se prueba la perseverancia, donde se purifica la intención y donde el corazón se dispone, ya más libre, a recibir el don prometido, la Gracia más grande.
El riesgo de estos días es doble. Por un lado, el cansancio: “ya he hecho suficiente”, “ya cumplí”. Por otro, la distracción: perder de vista la meta. Porque la Cuaresma no tiene sentido en sí misma; su razón de ser es la Pascua. Si olvidamos que caminamos hacia la victoria de Cristo, hacia la luz de la Resurrección, todo esfuerzo puede volverse pesado, incluso estéril.
Pero cuando la meta está clara, todo cambia. Saber que la Pascua está cerca no es motivo para relajarse, sino para llenarse de esperanza. No se trata de perseverar con rigidez, por cumplir, sino con alegría. Es la alegría del que intuye que algo grande está por llegar, que el sacrificio tiene sentido, que la gracia de Dios está actuando, quizá de manera silenciosa, pero profundamente real.
En estos últimos días, la Iglesia nos invita a intensificar, no a disminuir. A orar con mayor hondura, a vivir la caridad con más delicadeza, a afinar el corazón en el ayuno y la renuncia. No como una carga, sino como una respuesta al amor de Dios que, en este tiempo, a mi parecer, se derrama con mayor abundancia. El Corazón de Dios está, por así decirlo, más blandito.
Porque es verdad: en estos días, las gracias fluyen con particular intensidad desde el corazón de Dios. Sería una pena haber caminado tanto y, por descuido o desánimo, no abrir del todo el alma en el momento en que el Señor quiere colmarla.
Terminar bien la Cuaresma es, en el fondo, un acto de amor. Es decirle a Dios: “no quiero quedarme a medio camino”. Es renovar, aunque sea con sencillez, los propósitos hechos. Es volver a levantarse, si se ha caído. Es mirar la cruz con más fe y esperar la Pascua con mayor deseo.
Aún estamos a tiempo. Y quizá ahora más que nunca porque insiste tanto la liturgia en decir: ¡todavía es tiempo, vuélvanse a Mí de todo corazón!
Porque el que persevera hasta el final —nos recuerda el Señor— ese se salvará. Y también, podríamos añadir, ese experimentará la alegría plena de haber llegado, no solo a la meta, sino al encuentro con Aquel que nos esperaba desde el principio.