«Estamos de nuevo en guerra», nos dijo un amigo, catedrático universitario en Ciencias Políticas, mientras compartíamos un almuerzo con varios amigos y conocidos, en tanto que sobre Irán se desataba una tormenta de enormes proporciones, gracias a la tecnología de punta. Uno de los asistentes, no se lo creyó y replicó de inmediato:«¿Quiénes; nosotros? No exagere, eso está muy lejos». Yo pensé de inmediato en varias razones que podría haber invocado el profesor para haberlo asegurado. “De nuevo” sí, porque hemos vivido el horror en Gaza y no terminamos aún con la insensatez en Ucrania, sin contar con decenas de conflictos con menos prensa. Y nos afecta, no sólo por la subida, que aún no acaba, del precio de los combustibles, sino por algo más trascendente: cuando algunas gentes entran en guerra en un país, próximo o lejano, es la humanidad entera la que fracasa de nuevo.
El Papa León lo declara con contundencia y claridad, calificando la guerra como una "derrota para la humanidad" y señalando que el desarrollo de armamento más potente y despiadado, sin un control ético, y sin una autoridad mundial suficientemente respetada y obedecida, nos está acercando a una nueva era de "barbarie", que se está normalizando en el escenario internacional. (Cf. Vatican news). En efecto, vemos cómo se han socavado los principios de derecho internacional, que se establecieron tras la Segunda Guerra Mundial.
La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que, en la Revelación bíblica, la paz es mucho más que la simple ausencia de guerra, pues representa la plenitud de la vida; más que una construcción humana; es un sumo don divino ofrecido a todos los hombres, es la bendición de Dios sobre su pueblo: « Que el Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda la paz» (Nm 6,26).
Por eso mismo el Papa León declaró recientemente que "la guerra no es santa" y que utilizar la fe para justificar la violencia es inaceptable, afirmando que sólo la paz es santa por ser voluntad de Dios: «Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9).
La Sagrada Escritura nos enseña que la paz es fruto de la justicia y del amor al prójimo. Y si no estamos empeñando nuestros esfuerzos en ello, no estamos formando bien a las nuevas generaciones, que podrían seguir en la espiral de violencia y de división en la que con frecuencia nos encontramos como nación. Necesitamos que los jóvenes, futuros dirigentes, crezcan con otra clase de mentalidad, convencidos de la necesidad del entendimiento entre las gentes, aunque piensen distinto, para lograr el ideal de un bienestar para todos, a nivel mundial.
¿Es la paz una utopía? Estoy seguro que sí, pero no como a veces se mal entiende este concepto, como sinónimo de inalcanzable. Utopía es más bien algo de lo que se carece, pero por lo cual vale la pena luchar. Lo utópico generalmente es difícil de alcanzar y eso no ocurre en poco tiempo, pero tiene la fortaleza de un ideal que nos hace caminar en la dirección correcta.
Pidámosle al Señor Jesús, Príncipe de la Paz, que nos dé su paz, esa paz que el mundo no puede ni quiere darnos.