En lo más alto de Tegucigalpa, donde la pobreza extrema parece robarle el aliento a la esperanza y donde el olvido social se vuelve parte de la rutina diaria, un grupo de jóvenes decidió encender una luz. No son millonarios ni cuentan con apoyo institucional, pero conocen muy bien el rubro de la construcción por ser albañiles, soldadores, constructores; a ellos les falta dinero, pero les sobra fe, empatía y el deseo profundo de transformar la vida de quienes más lo necesitan.
Este gesto de luz tiene un destino concreto: la colonia Berlín, ubicada cerca de la Nueva Capital. Allí, la necesidad no solo se ve, se respira. Las calles polvorientas, los baches, los perros callejeros y los niños corriendo entre los callejones, revelan un lugar al que casi nunca llegan las obras de infraestructura ni proyectos sociales. Varios piensan que aquí prevalece el delito, pero lo que verdaderamente abunda es el abandono institucional. Y es precisamente hasta este lugar olvidado donde han llegado estos miembros del Movimiento Juan XXIII con un objetivo claro: ayudar.
Acciones
Uno de estos jóvenes es Onin Flores, quien encontró en este movimiento un cambio esencial en su manera de ver el mundo. “Yo creí que hacía las cosas bien dentro de la Iglesia, pero cuando hice el retiro, cambió mi perspectiva: la forma de ver al prójimo, al que sufre”, dijo. Esta enseñanza encendió en él el deseo de hacer algo más que rezar. Así nació la idea de iniciar un proyecto de ayuda para esta Navidad.
Onin, compartió la iniciativa en un grupo de WhatsApp buscando manos y voluntarios. Entonces Alexis Aguirre, otro miembro del movimiento, le envió una fotografía que cambiaría el rumbo del proyecto: la precaria vivienda de doña Ana, una mujer que vive con su hija de siete años en condiciones tan duras que, “No hay palabras para describir la situación”.
Al visitar la casa una estructura improvisada de tablas sostenidas con ropa vieja, Onin narra que no pudo dormir. “Me imaginaba el frío que pasaban. Pensaba en mis hijos. No pude ser indiferente”, explicó. Fue entonces cuando convocó a otros integrantes del movimiento, y juntos comenzaron a soñar en lo que podían construir.
Por su parte, Alexis comenta que llegan a trabajar después de salir de sus empleos, renuncian a sus fines de semana y, aunque carecen de comodidades, entregan lo mejor, que es su tiempo y esfuerzo. “Nadie es tan pobre como para no dar algo, pero lo poco que tenemos queremos compartirlo”, puntualizó.
A este proyecto también se unió Miguel Ortega. Para él, servir al prójimo es parte esencial del ser cristiano. “Es fácil decir que amamos al prójimo, pero el amor se demuestra con acciones”, reflexiona. Su voz se quiebra al admitir que este proyecto lo toca profundamente, pues también es padre. “Uno quisiera hacer más, pero damos lo que podemos, con amor”, compartió.
Regalo
Cada sábado, estos hondureños trabajan cavando, cortando, soldando y levantando paredes. No buscan reconocimiento, sino devolverle dignidad a una familia olvidada por muchos. Su sueño es entregar la casa antes de Navidad: un regalo que no solo cambie una temporada, sino una vida entera.
En un país herido por la indiferencia, este grupo de jóvenes demuestra que la solidaridad aún respira. Y cuando la fe se convierte en acción, los milagros se construyen con cemento, madera y por su puesto amor.
“Nuestra presencia no solo busca aplacar necesidades materiales, sino encender una esperanza que pueda crecer donde antes parecía imposible”
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La vida de una Madre que solo pide un hogar para su hija
Doña Ana Arteaga es madre soltera y dio a luz a siete hijos, pero hoy vive sola con su hija menor de 9 años. Su vida ha estado marcada por pobreza, maltrato y abandono familiar. Desde niña trabajó vendiendo elotes, sufrió maltratos, pero ha sobrevivido siempre con esfuerzo.
Cada día sale a vender agua o a lavar ropa en casas ajenas y eso le permite conseguir, con suerte, 100 lempiras al día y llevar comida a su hija. A veces se acuestan sin cenar o sobrevive con un tiempo de comida al día. Relata que ha sufrido robos, amenazas y la indiferencia de quienes antes la conocían. Aun así, no pierde la fe; asiste a la Iglesia y pide fuerzas a Dios para seguir adelante. Su único deseo es tener un techo digno y que su hija deje de sufrir.
Luz Cruz, es la hija de doña Ana y dentro de su inocencia y con una sonrisa que contagia paz, le pide a Dios tener unos zapatos nuevos, que exista comida en su mesapoder tener su casa nueva y una cama “suavecita” para que su mamá deje de llorar y así seguir siendo felices.
“La fe nace del amor a los pobres” - León XIV, Dilexi Te
La exhortación apostólica Dilexi te del Papa León XIV reafirma que la fe cristiana es inseparable del amor a los pobres. Continuando un trabajo iniciado por el Papa Francisco, el documento recuerda que en el rostro herido de los pobres está el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo Cristo. El Papa analiza los múltiples “rostros” de la pobreza: la falta de sustento, la marginación social, la pobreza moral, espiritual y cultural, así como la ausencia de derechos y libertad. Denuncia la falta de equidad, raíz de los males sociales, y la persistencia de una cultura del descarte sostenida por una economía que mata, por criterios pseudocientíficos que idealizan la libertad de mercado y por una “pastoral de élites” que relega a los más vulnerables. El Papa, llama a un profundo cambio de mentalidad, que supere la ilusión de una felicidad basada en la riqueza y el éxito, y reclama que la dignidad humana sea respetada ahora, no mañana. El documento insiste en que la limosna y el servicio a los pobres no son actos secundarios ni paternalistas, sino gestos esenciales del Evangelio que permiten tocar la carne sufriente de Cristo. Critica la indiferencia dentro de la propia Iglesia y advierte que una comunidad que no promueve la inclusión corre el riesgo de caer en la mundanidad espiritual. Finalmente, el papa León XIV afirma con fuerza que los pobres no son un problema social, sino el corazón y el centro mismo de la Iglesia, y que todos los cristianos deben dejarse evangelizar por ellos. “Servir a los pobres no es un gesto de arriba hacia abajo, sino un encuentro entre iguales... Por lo tanto, cuando la Iglesia se inclina hasta el suelo para cuidar de los pobres, asume su postura más elevada”.