En este pasaje de curación, al inicio es Jesús quien ve al ciego, al final es éste el que encuentra a Jesús y consigue verlo. Se abre el pasaje acercándose Jesús a un hombre necesitado de Él; se termina, iluminado por la fe, confesando el ciego a Jesús como Señor. ¿No es nuestra vida cristiana un progresivo “ver y dejarnos ver” por el Señor?
El primer libro de Samuel insiste que la elección de David no es por sus méritos, sino por ser pequeño. El Señor le dice al profeta: “no te fijes en las apariencias”, porque los hombres miran lo aparente, pero “el Señor mira el corazón”.
Igualmente, la carta a los Efesios expresa que la “bondad, justicia y verdad, son frutos de la luz” de Cristo, por ello exhorta a “vivir como hijos de la luz”, es decir, conforme esos valores cristianos.
Este pasaje, que se nos presenta como signo de la luz bautismal, tiene un acto rápido de curación, pero le siguen largos debates en los que las partes toman opción respecto a Jesús. Preguntan al que ha sido curado. “¿Y tú qué dices del que te ha abierto los ojos?”, respondiendo él: “que es un profeta”. Estamos originalmente ante una catequesis para los que iban a ser bautizados, de cómo enfrentarse al misterio de las tinieblas que envuelven a los que expresamente no aceptan a Cristo.
Interesante el dato de que el ciego no quedó curado por el barro sino por lavarse en la piscina de Siloé, que significa, “el enviado”. Cristo es el misionero por excelencia, “enviado” por el Padre. Cuando nos sumergimos en el agua bautismal, se abren nuestros ojos y todo adquiere una claridad nueva.
El propio hombre lo describe muy bien: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo”. Y del debate con los contrarios, aquel hombre pasa al encuentro con Jesús, al que ahora sí puede ver. También nosotros, aunque hemos de responder con claridad y sabiduría a nuestros adversarios, no debemos perder excesivo tiempo en ello y seguir nuestra nueva vida. Quien quiera creer nuestro testimonio, bienvenido; y quién no, es respetado. Así es la Iglesia, que expone, propone y espera, pero no fuerza a nadie. La fe se comparte por contagio.
Cuando caminamos iluminados por la palabra de Jesús, “ve y lávate”, volvemos a Él, que es el origen de la luz. Como en otras ocasiones, el prodigio extraordinario conduce, todo debe conducir, a un encuentro renovado con Cristo. “¿Quién es el hijo del hombre, el Salvador?” pregunta aquel hombre. Y Jesús responde: “Lo que estás viendo, el que está hablando, ese es”. La fe no es fruto de un razonamiento sino de una experiencia. La luz, que no podemos tocar, pero que nos permite ver, distinguir, situar, admirar… es la mejor imagen de la fe, que nos permite escuchar, seguir, adorar al verdadero Dios. Con aquel hombre nosotros decimos: “Creo, Señor”. Y el pasaje de San Juan termina diciendo que el que había sido ciego, “se postró ante Él”. También nosotros nos inclinamos ante el misterio de luz que se realiza en el altar.