Cuando hablamos de “última llamada” nos referimos a la postrera de las convocatorias para comparecer en un sitio, o para realizar alguna diligencia o completar una obra. Durante los días de la Cuaresma hemos escuchado la insistente invitación a la conversión, es decir, a dejar una vida de pecado, o de indiferencia ante lo sagrado, para acercarnos a Dios, con sincero corazón.
Si lo hemos hecho, ¡bendito sea Dios! Si no lo hemos hecho, o no ha habido profundidad en nuestra respuesta, la Semana Santa nos concede unos días más para decidirnos por este necesario acercamiento a nuestro Salvador.
Puede ser que algunos que estamos pendientes de la Palabra de Dios, creemos en sus promesas y celebramos nuestra fe en el seno de la iglesia, no sintamos tranquilos como fieles cumplidores de lo que se nos ha pedido durante este “retiro cuaresmal”. Pero cuidado, siempre se puede dar más y hacerlo mejor. No sólo se trata de alejarse de los pecados. Puede que seamos tibios y que nuestros defectos, faltas y omisiones los consideremos rasgos de nuestra personalidad. Resuenan en nuestros oídos las palabras del Señor Jesús: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). Como la perfección es plenitud, no importa dónde estemos o creamos estar, Dios nos ha creado con la capacidad de crecer, de ser más, o de hacerlo mejor.
San Pablo nos exhorta a no hacer “las obras de la carne” sino a concentrarnos en “las obras del espíritu” (Cfr. Gálatas 5, 19.23). Nos propone no caer en la idolatría, ni en la lujuria, así como tampoco pecar contra nuestro prójimo, ni dedicarnos a borracheras u orgías. Por el contrario, hay que buscar los frutos del Espíritu que son el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y la templanza.
Cuando definimos un itinerario espiritual capaz de orientar nuestro caminar hacia la casa del Padre, entonces no nos preocupa evitar tan sólo los pecados graves, sino que tratamos de no cometer pecados veniales, a la vez que procuramos desterrar de nuestro proceder una serie de imperfecciones. Tanto a nivel personal como a nivel comunitario el esfuerzo por una verdadera conversión es prácticamente permanente.
Quiera el Señor Jesús que aprovechemos esta Semana Santa para profundizar nuestra fe y renovar nuestra adhesión al Señor Jesús. Que la contemplación de los eventos de sus últimos días con sus discípulos, su pasión y su muerte nos hagan valorar mejor su sacrificio redentor. Podemos hacer esta antigua y sencilla oración:
Jesús, creo que eres el Hijo de Dios, que moriste en la cruz para rescatarme del pecado y la muerte y para restaurarme al Padre. Elijo ahora apartarme de mis pecados, de mi egoísmo y de todo aquello de mi vida que no te agrada. Te elijo a ti. Me entrego a ti. Recibo tu perdón y te pido que tomes el lugar que te corresponde en mi vida como mi Salvador y Señor. Ven y reina en mi corazón, lléname de tu amor y de tu vida, y ayúdame a ser una persona verdaderamente amorosa, una persona como tú. Restáurame, Jesús. Vive en mí. Ama a través de mí. Amén.