Aquella mujer, a la que Jesús espera junto al pozo, no es una persona aislada, representa al pueblo samaritano, pero de alguna manera también a todos los sedientos de una vida nueva. En ella es la humanidad entera la que, aún sin saberlo, busca al Dios verdadero.
“Si conocieras el don de Dios” le dice Jesús, a una mujer insatisfecha de su propia existencia. La que buscaba fue encontrada. Cuántas personas si conocieran a Jesucristo - “el don de Dios” por excelencia- su vida cambiaría. Es la respuesta a la desafiante pregunta que el pueblo hizo a Moisés en el desierto “¿está o no está el Señor con nosotros?”. Merece la pena, por tanto, recordar la urgencia de la Misión, que siendo un mandato para la Iglesia es también una necesidad para el mundo. Cuántas personas que no han oído hablar de Dios o ya lo olvidaron, son más de las que pensamos. Muchos guardan una imagen equivocada de Él. La gente necesita conocer el verdadero rostro de un Dios, que nos ha amado sin nosotros merecerlo, segunda lectura. La pedagogía de Jesús es admirable. Un Dios que nos busca y tiene sed de nosotros. El que rebosa dones se presenta primero como necesitado. Quiere ofrecer, pero pide. Nos pide lo que tenemos, nos da más de lo que esperamos. Pareciera que aun siendo gratuito el don de Dios, necesita de una recepción agradecida. Jesús tiene sed, sed de nuestra adhesión de fe, que es el camino de acceso a la gracia divina, como escribe Pablo a los Romanos. De esa manera, nuestra gloria (plenitud eterna) consiste en compartir la de Cristo. Algo que aguardamos con firme esperanza por el amor de Dios que habita en nuestros corazones.
La conversación entre Jesús y la mujer supera las diferencias culturales, las divergencias religiosas e incluso las enemistades entre vecinos (judíos y samaritanos lo eran desde hacía siglos).El diálogo entra en un hábil juego de palabras por el que Jesús lleva a esta mujer (y con ella a nosotros) a descubrir que todos tenemos algo que dar y mucho que recibir. Si el pozo de Jacob era profundo -hacía falta un cubo y una cuerda-, el agua de vida que Jesús da brota de lo más hondo de la existencia, “y salta hasta la vida eterna”. Jesús es el bien por excelencia, el regalo del Padre a la humanidad, el don del Espíritu a la Iglesia y que ésta debe llevar hasta los últimos confines de la existencia, para que todos puedan “adorar al Padre en espíritu y verdad”. Y aún aparecen dos diálogos más. Uno con los apóstoles, donde dice Jesús que “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. Cuando este sea también nuestro alimento, los campos estarán maduros para la siega. Quien cumpla la voluntad de Dios cosechará frutos de eternidad. Y el otro de la mujer que convertida en misionera da testimonio ante los suyos de aquel encuentro transformador. Y la gente le responde: “nosotros mismos lo hemos oído”. También nosotros, cada domingo, en la escucha de la Palabra y en la comunión, reconocemos el “don de Dios”.