Normalmente consideramos que el cristianismo se trata primero de creer, después proclamar esa fe públicamente y en consecuencia vivirla. Y tiene sentido, sin duda, pero ¿y si el orden fuera otro? O si bien, los tres momentos estuvieran tan interconectados entre sí que ni empiezan ni acaban, sino que vida, fe y anuncio se refuerzan entre sí.
La desafiante doble pregunta de Jesús: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? ¿Qué decís vosotros?” provoca, a su vez, una doble respuesta. Una más fría y analítica, y otra más personal y profunda. Mientras a la primera responden de forma grupal varios apóstoles, a la segunda es Pedro el que toma la palabra: “tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Es importante decir que este diálogo tiene lugar en Cesarea de Filipo donde los apóstoles habían llegado caminado siguiendo a Jesús. El ambiente apunta a que la interpelación de Jesús no es mera curiosidad, ni simple medición del nivel de aceptación del que goza, porque bien conoce Cristo el corazón de la gente. La pregunta es para ayudar a los apóstoles a conocerle mejor y con ello conocerse mejor a sí mismos. Seguir a Cristo no es una suma de ideas y acciones, es más, es vivir en unión con él.
Y aquí es donde decimos que el orden lógico queda superado por una dinámica de retroalimentación. Podríamos pensar que se conoce a alguien, se cree en Él, se confiesa esa fe públicamente, y lo que se proclama debe ser vivido. Pero ahí no termina el proceso, porque a su vez, lo que se vive es lo que se dice, y lo que se dice es lo que se cree. Para el cristiano vida, fe y anuncio es un único dinamismo de adhesión cada vez mayor a Jesucristo. En este sentido recordamos la frase de San Vicente de Paúl: “no basta que yo ame a Dios, si mi prójimo no lo ama”. Aplicado todo esto a la Santa Misión 2026 bien podemos decir que salir de los templos a visitar hogares nos ha hecho mucho bien porque está fortaleciendo nuestra fe y transformando nuestra propia vida. Cuando esto ocurre experimentamos el amor de Dios, no teóricamente, sino de manera concreta, percibiendo así que Dios es cercano y bondadoso.
Y aquí hay una doble clave de comprensión: la humanidad y la divinidad de Cristo. Una responde a la primera respuesta: “que si uno de los profetas”, es decir un hombre bueno que nos remite a Dios. La otra va más allá y corresponde a la segunda respuesta: “eres el Hijo de Dios”, y por tanto eres Dios mismo. Eres trascendente sin dejar de ser accesible; comprensivo a la vez que exigente. En ti hay toda la realidad divina de poder y misericordia. Y ambas dimensiones Señor, las sentimos como un don capaz de despertar la divinidad que habita en nuestra humanidad. Una realidad tan grande es Dios Padre quién nos lo ha revelado. Un amor humano y divino que nos mueve, en el que creemos y que anunciamos. En esto consiste seguir, creer y anunciar a Jesucristo.