En este domingo de la Santísima Trinidad podemos tratar de entender a Dios desde nuestros conceptos humanos, y dar algunas definiciones más o menos comprensibles de la realidad divina. O mejor, podemos tratar de comprendernos a nosotros mismos a partir de un solo Dios en tres Personas divinas.
Es decir, interpretar la criatura a partir del Creador, “que tanto amó al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no muera, sino que tenga vida eterna”. O dicho de otra forma: ¿De qué se trata? ¿De reducir la eternidad a la realidad limitada que conocemos? O bien, ¿de poner nuestra frágil realidad a disposición del Dios “compasivo y clemente, paciente, rico en bondad y lealtad”?
Si enfocamos bien esta fiesta, en lugar de frustrarnos intentando reducir la plenitud trinitaria a la inteligencia humana, lo que haremos es alegrarnos mirando nuestra vida y nuestras relaciones, conforme al “Dios del amor y la paz que habita en nosotros”.
En otras palabras, celebrar hoy la fiesta de la Santísima Trinidad como fruto del camino cuaresmal y pascual, significa admirar la trascendencia del misterio de Dios, pidiendo “venga sobre nosotros, perdonando nuestros pecados y tomándonos como su pueblo”. Confiando en sus palabras que nos dicen que “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo -nuestro mundo- se salve por él”.
La síntesis bíblica más conocida de nuestra fe trinitaria la encontramos en San Pablo y suele ser parte del saludo inicial de la misa: “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos ustedes”. A lo que el pueblo responde: “y con tu Espíritu”, situándolo en su dimensión adecuada, la espiritual e interpersonal.
Con todo, la fe en un Dios único, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, no solo afecta a los llamados “aspectos espirituales” o religiosos. El ser del Creador conforma por siempre el ser del que ha sido creado “a su imagen y semejanza”. Es decir, para entender al ser humano hay que partir de su origen y su dignidad sagrada. Cuanto más nos adentremos en la realidad trinitaria de Dios más profundamente entraremos en la humanidad.
Porque lo que decimos de cada uno, lo podemos aplicar a las relaciones entre las personas, que deben estar impregnadas de la “compasión y clemencia” divinas. Más aún, el misterio trinitario, centro de nuestra fe, sostiene y anima nuestra realidad y misión eclesial.
De hecho, el primer enviado es el Hijo, conforme nos ha recordado el evangelio de Juan. Su envío o misión al mundo manifiesta en la historia el dinamismo eterno de la Santísima Trinidad y su designio eterno de salvación, que tiene su origen en el Padre y la fuerza del Espíritu hace presente en la Iglesia.
En otras palabras, si la Iglesia es enviada por Jesucristo y éste por el Padre, podemos decir que -animada por el Espíritu Santo- la Misión de la Iglesia brota del amor eterno de la vida trinitaria. Por ello el año de la Santa Misión, es en el fondo, manifestación de la Santa Trinidad.