Escuchando las lecturas de este domingo podemos decir que “nuestros planes son muy planos”, es decir, muy humanos. Y en comparación con los de Dios nuestros planes no tienen altura, esa altura de visión amplia y lejana que tiene el Señor.
Vivimos aguardando una recompensa inmediata y proporcional. Entendido el tiempo y la proporción conforme a criterios humanos. La prisa nos lleva a buscar la retribución rápida y perceptible, reduciendo nuestra vida a un intercambio mercantil.
En la primera lectura el profeta Isaías reclama al pueblo no comprender la acción de Dios en ellos, aún al regreso del destierro. Así nos pasa muchas veces a nosotros, somos tardos en reconocer lo que el Señor va haciendo en nosotros mismos y en otros a través nuestro. Sus planes no son nuestros planes, y aunque no siempre los entendemos, siempre son más grandes que los nuestros.
San Pablo, en un arranque de confianza, dice a los filipenses: “deseo la muerte, para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor”. Para añadir, “por otro lado, seguir viviendo en este mundo, es más necesario para vosotros”. Las palabras del apóstol son un ejemplo de esa disparidad entre los planes nuestros, aunque sean santos y piadosos, y los planes de Dios, aunque aparentemente no nos beneficien tanto. En cualquier caso la experiencia de Pablo nos ayuda a entender dos grandes caminos, que Dios gusta de unir entre sí: nuestra búsqueda de un encuentro con el Señor que nos llene de manera perfecta y por otra parte, nuestra disponibilidad sincera para ser sus instrumentos en bien de nuestros hermanos.
Y una vez más, la enseñanza en parábolas, que nos presenta en esta ocasión un propietario de una viña (la viña en la Biblia puede representar una imagen del pueblo de Dios) que sale a contratar jornaleros a distintas horas del día. La contratación y el pago “al día” era costumbre en la época, para no retener el salario del obrero, que lo necesitaba para el sustento diario de su familia. Una situación que no nos es tan extraña en nuestros ambientes. Lo novedoso, o la ruptura de la lógica humana llega al final con el pago efectuado: un denario. Era la paga justa y acordada. Lo extraño es el pago completo a los que llegaron al final de la tarde. El Papa León XIV nos recuerda la doctrina católica sobre el salario justo, por el que este no puede determinarse únicamente por las fuerzas del mercado, sino que el criterio central de la economía debe ser la dignidad de cada persona. “Magnífica Humanitas” nos dice que el salario justo es aquel que respeta a la persona, contribuye al bien común y permite al trabajador y su familia una vida digna.
Podríamos decir que aquí se inserta esa “paga a todos por igual”, que no comete injusticia, sino que expresa la bondad de Dios. La retribución no por los méritos propios sino según la necesidad de cada quién es un criterio que supera -con mucho- los criterios del mercado. Valga esta parábola para recordar que afortunadamente, los planes de Dios son más altos que los nuestros.