Como hondureños, no cabe duda de que en nuestro calendario nacional está marcada como una de las fiestas más importantes, la celebración de la fiesta de nuestra Santa Patrona: la Virgen de Suyapa.
Es el momento propicio en el que nos unimos todos para festejar lo más hermoso y al mismo tiempo lo más sencillo de nuestra hondureñidad. Claro que alguno podrá objetar que, al decir hermoso, estoy diciendo al mismo tiempo sencillo, porque la hermosura, cuando no es fabricada, es siempre sencilla. Nuestra Madrecita del Cielo, una vez más nos está convocando a todos, para que acudamos, numerosos y alegres, a celebrarla a ella, a celebrar nuestra fe, a celebrar nuestra esperanza. Celebrarla a ella es al mismo tiempo celebrarnos a nosotros mismos, es celebrar la certeza de que, mientras nos entendamos todos como miembros de una sola familia y no nos soltemos de su mano, todo es posible.
La celebración de este año tiene la particularidad, de que después de un largo proceso de poco más de cinco años, llegamos a la inauguración de la Santa Misión Nacional 2026. Cuando en la Comisión Nacional de Pastoral de conjunto se propuso la celebración de esta santa misión, recuerdo muy bien, que la actitud de los que ahí nos encontrábamos fue muy positiva y nos llenamos mutuamente del deseo profundo que esta fuese una oportunidad privilegiada para hacer confluir, en un solo proyecto, nuestros anhelos, de llevar el Evangelio, de hacer conocer, sobre todo a los alejados, que tienen un padre que los ama y que no les abandonará nunca.
Al inicio de este nuevo gobierno, igual que lo hice hace 4 años atrás, ruego la intercesión de Nuestra Madrecita para las nuevas autoridades. Ruego que no pierdan de vista que tienen una responsabilidad hermosa y una oportunidad privilegiada para hacer sentir lo que realmente es la política.
Papa Francisco nos recordaba que la política es una tarea noble y que precisa de personas que la ennoblezcan. Por eso, desearle a estos nuevos gobernantes que les vaya bien, es desear lo mismo para nuestra patria. El éxito de su gestión redundará en el bien de todos. Eso deseamos hace 4 años, hace 12 años… en fin, ¡siempre!
Por eso, conviene que no olviden que no es solo la historia la que les juzgará, sino que la memoria de sus hijos y nietos. Son familias a las que se les encomienda esta misión porque no son funcionarios solos, sino que tienen el deber de honrar su apellido, sus familias. Si no olvidan eso, seguramente harán un buen papel. No esperamos que lo resuelvan todo, sino que se atrevan a comenzar procesos que, con ética y transparencia, posibiliten que se emprenda el progreso que urgimos.
Juan Ángel López Padilla - Sacerdote.