Este domingo, en el que la Iglesia en Honduras celebra el día del Migrante, las tres lecturas nos hablan de la responsabilidad mutua y del amor cristiano. Es decir, la indiferencia o el olvido no forman parte de nuestra opción. Tú puedes ser creyente o no serlo, es decisión tuya. Pero si te llamas católico no puedes mirar a otro lado, ni cuando el otro tiene una necesidad ni tampoco cuando el otro comete un error. Porque más peligroso que la carencia de un bien es la existencia de un mal. La solidaridad significa que todos estamos decididos de manera firme y perseverante en el bien del otro, y por tanto en evitar lo que le pueda hacer daño. En su origen la expresión “solidaridad” significaba “hacerse uno”, o “ser más fuertes juntos”. Es un principio profundamente cristiano y nos mueve a que todos y cada uno seamos responsables del bien de los otros. En el fondo las tendencias al individualismo o aislacionismo nos debilitan y lejos de hacernos ganar, nos empobrecen.
Otro principio importante para nosotros: el bien común. Un bien es mayor si es compartido. Y nada es útil a la comunidad si no es bueno. Las dos palabras se necesitan: el bien y la comunidad.
Lo que estamos diciendo lo tenemos expresado en la Palabra de Dios que hemos escuchado. Edifiquemos la ciudad de Dios, en la que la humanidad y Dios pue
den convivir y en la que unos y otros somos capaces de tratarnos con amor mutuo, diciéndonos con respeto la verdad que nos puede ayudar. Callar para no molestar, es lo más cómodo: “no le digo nada y no se molesta conmigo, pero sé que se está en riesgo grave”. La respuesta a esta actitud nos la ha dado literalmente la primera lectura: “el malvado morirá por su maldad, pero yo te pediré cuentas por su muerte”. Como vemos, el libro del profeta Ezequiel no deja lugar a dudas: somos como “centinelas sin ciudad”, no guardamos espacios, sino personas. En otras palabras, los riesgos no solo nos vienen de fuera, los más peligrosos habitan dentro.
Falta otro principio cristiano que también debemos aplicar a la corrección fraterna: la subsidiariedad. El cuidado de la comunidad no quita que cada uno asuma su propia responsabilidad. Por ello -Evangelio de Mateo- se invita a corregir al hermano a solas, para que él recapacite y se haga cargo de sí mismo. Solo después, si esto no funciona, se apela a la comunidad, que, incluso expulsándolo de ella, no lo está condenando. Lo hace para que el pecador experimente la soledad en la que él mismo ha caído. Y siempre y en todo, la compasión como criterio.
Como decimos, en Honduras culminamos hoy la semana del Migrante, con el interpelante lema: “incluso uno solo de estos pequeños” (cf.Mt18,10) en alusión directa a los menores desplazados. Bien podemos aplicar lo dicho arriba a lo que hacemos, ¡o dejamos de hacer!, con los niños y niñas migrantes. El amor mutuo que hoy comulgamos en la Eucaristía nos urge a ser responsables unos de otros, como Jesucristo lo es con la humanidad entera.