EmpiecEl Espíritu Santo es el nexo de amor divino que el Hijo envía para que acompañe y plenifique todo lo creado. Hemos escuchado primero el relato de pentecostés. Unas lenguas de fuego descienden sobre cada uno de los Apóstoles. Llenos del Espíritu inician su misión. La gente acude a donde ellos están sorprendidos por un ruido, pero al oírlos a ellos, cada uno lo entiende en su propia lengua.
Aquel que “renueva la faz de la tierra” (nueva creación), primero se hace presente de manera personal en cada corazón, y a partir de ahí, efectivamente “hace nuevas todas las cosas”. La transformación inicia “por una comunicación comprensible”, cercana y personalizada. No solo importa “el qué” se dice, sino cómo se dice y desde dónde se dice. En esta Santa Misión 2026, estamos viendo como el anuncio del resucitado (el Kerigma) llega a muchos, partiendo del fuego que arde en los misioneros.
Podríamos decir que el Espíritu Santo, sin perder su eterna trascendencia, como un viento suave, se adapta a diferentes formas y personalidades. Ese soplo renovador alienta corazones, aleja temores, dispone escuchas, intercambia miradas, crea lazos. De esa manera, son personas renacidas las que forman comunidades renovadas; Iglesia viva de la que nacen hombres y mujeres regenerados por el Espíritu. Y desde ahí, desde esa nueva realidad espiritual, la gracia de Dios se extiende haciendo nuevas todas las cosas.
La segunda lectura habla del cuerpo de Cristo, que es uno, con muchos miembros.
Más que una imagen, el cuerpo total de Cristo, es una unidad y una diversidad profundamente vinculadas entre sí por la acción del Espíritu Santo. Considerar esto es fundamental para entender la Iglesia, amarla y servirla. Somos muy diferentes, pero todos somos uno en Cristo. Y esto no solo es una realidad histórica, sino escatológica, es decir, que se extiende más allá de la muerte.
En el Evangelio de Juan, el Resucitado nos habla de paz, alegría y perdón. “Estando las puertas cerradas por miedo”, “se presenta Jesús en medio de ellos”, y les habla con el saludo mesiánico: “la paz esté con ustedes”. Como ven, este saludo no es una fórmula inventada por el Papa León XIV. El don de la paz es un signo pascual de la presencia del resucitado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver a Jesús, al que reconocieron por las heridas de su cuerpo. Porque los vestidos son externos e intercambiables, las heridas son internas e intransferibles.
Nuevamente, cuando ya lo identifican, les repite el saludo de paz. Para añadir: “como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes”. Sopló sobre ellos y les dijo: “reciban el Espíritu Santo”. Y enviándolos a un mundo dividido y atemorizado, le indica: “a quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdona”. Por ello en la fórmula de la absolución recordamos que Dios “envió su Espíritu Santo para el perdón de los pecados”
La paz de Dios suscita verdadera alegría en los corazones de aquellos que, como Cristo, se hacen no solo anunciadores sino constructores de reconciliación. Resumiendo, el Espíritu de Jesús genera en nosotros: paz, alegría y perdón.