“Levantaos, no tengáis miedo” dice Jesús a los tres apóstoles caídos en tierra al escuchar la voz de Dios. Ambas expresiones, “levántate” y “no tengáis miedo” las repite Jesús con frecuencia y conviene tenerlas muy presentes en nuestra vida diaria.
De alguna manera, la transfiguración es para que, llegada su próxima pasión, los apóstoles no caigan en el escándalo ni la confusión. Lo mismo cada uno de nosotros, cuántas veces hemos caído, pero al mismo tiempo, de la mano con Jesús, ¡cuántas nos hemos levantado! Hemos experimentado que Él no pasa de largo ante el débil y el abatido, antes bien, se complace de fortalecerlos y cuenta con ellos para grandes proyectos. Como en el caso de Abrahán, que no duda en levantarse y salir de su tierra, fiado en la voz de Dios. Y con Abrahán también sale Lot, porque el testimonio arrastra. A eso le podemos llamar, sinodalidad en la respuesta de fe.
La expresión, “no tengáis miedo” es muy frecuente en las escrituras, y significa tener cuidado “a lo que puede dañar el alma eterna” y no temer a “lo que solo puede dañar el cuerpo temporal”.
El maligno es especialista en manipular nuestros miedos. Él se presenta revestido de falsa bondad, y se hace atractivo prometiendo rápidas recompensas, ocultando las consecuencias de su veneno. El demonio es un hábil cazador de seres libres a los que quiere esclavizar con el pecado. Se aproxima escondido en cosas atrayentes, otras veces está camuflado en nuestra historia o nuestras necesidades biológicas, para paralizarnos y engañarnos. Por ello hay que alejarse y no dialogar con él, como nos recordaba el Papa Francisco. Y si caemos, levantarnos arrepentidos y confesarnos pronto.
Por otro lado, el temor de Dios no debe ser “miedo a Él”. Desgraciadamente, nos puede pasar como a Pedro, Juan y Santiago, que, aunque estaban viendo el rostro resplandeciente de Jesús, no entendían nada y al escuchar la voz del Señor, cayeron asustados. No tengamos miedo a que Dios nos hable. No nos asustemos de su presencia. No temamos a la santidad. Estemos claros, el Bien nunca quiere nuestro mal, el mal nunca nos hace bien. Es decir, abrámonos a la luz de Cristo, y no dejemos que nos envuelva la oscuridad del príncipe de la mentira. Es probable que al ver hoy al crucificado en la cruz de los enfermos y abandonados nos escandalicemos y pensemos, como los apóstoles en el Gólgota, que el mal está triunfando. Pero no es así, Cristo derrotó a la muerte por siempre, y aún en los momentos más difíciles, hay un resplandor de esperanza que sostiene nuestra fe. El amor ha vencido al odio, y para que no lo olvidemos, podemos ver el rostro luminoso de Cristo en muchos momentos, para que cuando lleguen sombras de dolor, no dude nuestro corazón.
Esta misa dominical es para nosotros como un “monte” en el que se fortalece nuestra vocación santa al participar en el sacramento de la eternidad.
Por ello, en este segundo domingo del camino cuaresmal, Jesús se acerca y nos dice a cada uno: “levántate y no tengas miedo”. r aquí...