“El que ame a su padre o madre más que a mí, no es digno de mí”. No se trata de dejar de amar a padre o madre, Jesús mismo amó y respetó con delicadeza a María y a José, se trata, de amar con todo el corazón, como Cristo nos enseñó.
Jesús nos habla con gran fuerza exigiendo una adhesión consciente y radical. Eso es lo característico del seguimiento cristiano, su plenitud. Entendiendo en esa totalidad que le seguimos con nuestras ilusiones pero también con nuestras cruces y equivocaciones. Ser cristiano no es solo para nuestra parte bonita y exitosa, sino para el conjunto de nuestra realidad, muchas veces lastrada por los errores y debilidades.
Aún con nuestras deficiencias, el Señor mira más allá y ve en nosotros una persona digna de ser amada. Esto es una gran alegría: Dios no me valora “por mi foto de perfil”, es decir por mi mejor versión, sino que me quiere y me llama conociéndome, incluso mejor que yo mismo. Por ello, “cargar la propia cruz y seguir” a Jesús supone un profundo compromiso con nuestra realidad, que no rehuimos.
Continúa Jesús su discurso a los discípulos: “El que os reciba a vosotros, a mí me recibe”. No solo es una invitación universal a abrir el corazón a Dios, sino una invitación a ser conscientes de que la misión que tiene la Iglesia es muy alta, porque es encargo del Maestro y Señor.
La grandeza de la misión es proporcional a la grandeza de que envía, Jesucristo. En este sentido, como bien sabemos, la Santa Misión 2026 que estamos realizando en toda Honduras, está siendo un ejemplo de que cuando das recibes, y solo cuando recibes puedes realmente dar.
No es un juego de palabras. Es una dinámica de apertura y confianza que nos pone en camino. No vamos solos a la misión: vamos con Jesucristo, Él es el mensaje y su Espíritu nos inspira. Merece la pena insistir: lo grave no es si a nosotros nos abren o cierran una puerta, lo importante es la respuesta de cada persona a Cristo.
Aún sin saberlo, pero quien no escucha al misionero está dejando de escuchar a Cristo. Salimos en misión porque hemos recibido un mandato fundacional: evangelizar. “La misión” es irrenunciable para los cristianos.
Hay muchas formas y carismas, pero todos los bautizados somos parte de una Iglesia que existe para evangelizar. Y termina el pasaje con una frase entrañable: “El que dé de beber un vaso de agua fresca a uno de estos pobrecillos, por ser mis discípulos, no quedará sin recompensa”. El valor de lo pequeño, la grandeza del bien realizado a los más pequeños.
El discurso, que iniciaba con tanta radicalidad, se conforma ahora con el pequeño detalle de un vaso de agua fresca. Dios, como sabemos, mira nuestras acciones conforme al latir de su corazón, no conforme a un algoritmo artificial. No se trata de actuar por una recompensa inmediata, sino de hacer el bien por sí mismo. Y esto no es tan complicado, a veces la radicalidad evangélica, se puede ver en “dar un vaso de agua fresca”.