La familia es el primer espacio donde se anuncia, se vive y se transmite la fe. La Iglesia reconoce en la familia a la iglesia doméstica, lugar privilegiado donde los hijos aprenden a amar a Dios, a orar y a vivir los valores del Evangelio. En un mundo marcado por el individualismo y la prisa, compartir la fe con las familias se convierte en una misión urgente.
Iglesia doméstica
Los padres de familia, en general, se preocupan mucho de la formación humana y académica de sus hijos por las consecuencias que puede tener para su futuro. Quieren para el hijo lo mejor. Sin embargo, no se da la misma importancia a la educación en la fe. Ser creyente o serlo, no parece muy importante para el futuro feliz del hijo. Y muchos padres “delegan” esta tarea en la catequesis parroquial o en el colegio. Se escuchan casi siempre las mismas excusas: “nos falta la preparación”, “no hay tiempo”.
Clima familiar
Es absolutamente necesario para interiorizar el mensaje religioso que el niño o joven recibe en la catequesis o en el centro educativo. Una familia consumista, preocupada solo por el bienestar material, donde Dios está ausente, donde se viven relaciones egoístas y poco respetuosas, una familia insolidaria, cerrada a los problemas de los demás, anula prácticamente la labor de la catequesis o del colegio y se convierte en factor descristianizado. Compartir la fe con otras familias implica vivirla con ejemplo y amor en lo cotidiano, ser un testigo personal de lo que Dios ha hecho, y mostrar interés genuino por sus vidas, y usar el lenguaje dulce y respetuoso, enfocándose en la esperanza y el amor de Dios. Jesús nos enseña que la fe se transmite a través de los gestos sencillos, la oración compartida, una palabra de amor, el ejemplo de servicio, el respeto mutuo y la confianza en el Señor.