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  • Jesús, el sembrador bueno

    Si lo débil es como un “escondite” de la fuerza de Dios, digamos que el rugido del mal es una tormenta en la que se esconde el murmullo del bien.
    24 de julio de 2026 por
    Jesús, el sembrador bueno
    Digital

    La justicia y la misericordia que vivimos sacramentalmente en la Eucaristía, serán un día victoria plena. Solo entonces será cribado, es decir, identificado y separado, el mal del bien.

    Continuamos este domingo con otra parábola, la del “trigo y la cizaña”, que también podríamos llamarla, del “buen y del mal sembrador”. Es Jesús quien siembra la santidad, pero en la libertad del ser humano, queda espacio para otra semilla, falsa y estéril, la del “enemigo” -recordemos que con ese término se denomina al demonio-. Al buen y al mal sembrador los identificaremos por los frutos, ya que en los retoños de la historia es muy difícil distinguir.

     En otras palabras, el Señor siembra en la tierra el trigo con el que se elabora el pan, pan que se comparte en la justicia y que, consagrado, se eleva en el altar. La semilla de la Palabra de Dios madura en el pan entregado “para la salvación de todos”. 

    Pero el fruto de salvación que en la celebración eucarística gozamos en pocos minutos, en el devenir de la historia crece despacio, mezclándose la gracia del bien con el misterio del mal. No obstante, hemos de insistir, que la justicia y la misericordia que vivimos sacramentalmente en la Eucaristía, serán un día victoria plena. 

    Solo entonces será cribado, es decir, identificado y separado, el mal del bien. El primero se quema porque está seco e inerte, el bien en cambio denota vida, una vida en Dios que nos guarda para la eternidad.

    Pero al inicio del relato, siempre en la clave literaria de las parábolas, se dice que “el Reino se parece a”, o que en el “Reino sucede como”. Con ello se nos dice que -a nuestros ojos- el crecimiento del Reino no es nítido, sino a veces ambiguo, incluso pareciera contradictorio. 

    ¿Por qué el sembrador bueno no cuidó para que no llegara el enemigo a sembrar confusión? En términos más directos sería la pregunta que tantas veces nos hacemos: ¿Por qué el Señor permite actuar al maligno? Si hemos elegido la verdad y la vida, ¿por qué nos envuelven el engaño y la muerte?

    Tratemos de responder a esas preguntas, recordando las otras dos parábolas. Ambas hacen referencia a la pequeñez de la semilla, del grano de mostaza y la frondosidad de sus frutos; y otra al fermento en la harina que al amasarse y hornearse hacen crecer la masa. En ambos breves relatos aparece el contraste de “lo pequeño y discreto” que en clave de abandono confiado al Señor, transforma la historia en Reino, el sufrimiento en gozo.

    Si lo débil es como un “escondite” de la fuerza de Dios, digamos que el rugido del mal es una tormenta en la que se esconde el murmullo del bien. En la vida el discernimiento es importante pero difícil. Por eso necesitamos, como en la tierra buena del domingo anterior, escuchar y entender para llegar a dar frutos.

    Es cierto, hay mal entre nosotros, por ello la vida es una tarea no una realidad acabada; un don en desarrollo, no una imposición. Por mientras, estemos seguros de que el mismo que sembró la semilla buena en el juicio la mandará a cosechar. Por mientras, segunda lectura, permitamos al “Espíritu que venga en ayuda de nuestra flaqueza,” conforme a la voluntad de Dios.

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