El Domingo de Ramos nos recuerda la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, y abre la puerta al misterio más profundo de la fe cristiana; un amor que se entrega hasta el extremo. Este domingo llamado también de la Pasión, marca el inicio de la Semana Santa y conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, donde la multitud lo aclama con palmas y ramas de olivo gritando ¡Hosanna! Así lo destacan diversos sectores de la Iglesia, quienes invitan a vivir este momento como una oportunidad para renovar la fe y el compromiso con los demás.
Amor
El Padre Rigoberto Velázquez, párroco de la parroquia Cristo Rey, explicó que esta celebración es trascendental, porque Jesús no solo anuncia su pasión, anticipa que ese camino no termina en derrota, sino en vida. La entrada a Jerusalén representa la certeza de que el amor llevado hasta el extremo tiene frutos; la resurrección y la salvación. “Podemos decir que para nosotros el Domingo de Ramos es un acontecimiento, porque el amor intenso de Jesús anuncia que no va a fracasar, que todo desemboca en la victoria y eso nos anima a nosotros porque en la vida pasamos situaciones difíciles, y adversas, pero debemos confiar en el Señor, y recordar que su amor es tan infinito que no vamos a fracasar”, afirmó el Presbítero Rigoberto. En ese sentido, recordó “no olvidemos nunca que Jesús resumió toda la ley en el amor, para expresar siempre que, aunque muchas veces nos apartamos de Dios, él vuelve a amarnos. Aprovechemos esta Semana Santa, comenzando el Domingo de Ramos, para profundizar en nuestra vida cuánto amor nos tiene Dios, por lo tanto, al Dios amarnos, nosotros también debemos buscar la manera de amar a los demás”, concluyó Velásquez.
Misión
Por su parte, el Padre José Antonio Chavarría, secretario ejecutivo de la Fundación para la Educación y Comunicación Social (FECS), destacó que el Domingo de Ramos es memoria de un Jesús que entra decidido a cumplir su misión, impulsado por un amor radical por la humanidad. Subrayó que la misión cristiana solo cobra sentido cuando se vive con esa misma entrega, con coherencia entre lo que se cree, se vive y se anuncia. De igual manera, considera que, contemplar a Jesús en este momento permite entender que el amor y la misión están profundamente unidos, ya que él asume con determinación el camino que lo llevará a la cruz para cumplir el proyecto del Padre.
Esta solemnidad invita a acoger a Cristo Rey con palmas de alabanza y cruz de entrega, fiel a la tradición litúrgica y evitando devociones supersticiosas, prepara el corazón para el Triduo Pascual, donde el amor triunfa en la Resurrección.
Entrega
Desde otra perspectiva, Hugo Chinchilla, salesiano de la parroquia María Auxiliadora,
enfatizó que la misión de Jesús nace del amor y se sostiene en la entrega, recordó que, aunque Cristo sabía el sufrimiento que enfrentaría, no se detuvo, porque su amor por la humanidad fue más fuerte que cualquier adversidad. Asimismo, reflexionó sobre la contradicción de este día, “sabemos que esa misma gente que lo recibió así, después lo rechaza, lo hace sufrir. Nuestra misión, como Jesús nos enseñó, es amar hasta el final, que nuestra misión se sostenga por esta entrega, por el amor”. El salesiano también resaltó que Jesús no entra a Jerusalén buscando reconocimiento, sino dispuesto a servir, dejando un modelo claro de vida cristiana basada en la entrega a los demás. “No se trata de ser servidos, sino de servir”, puntualizó. En este contexto, el Domingo de Ramos se presenta como una invitación a contemplar a Cristo que se entrega por amor y a asumir ese mismo compromiso en la vida diaria, especialmente en el servicio a los demás.
Más Allá de la Conmemoración, una llamada a la Fe auténtica y misionera
Más allá de la solemnidad, el Domingo de Ramos interpela a los creyentes a vivir una fe auténtica, la entrada de Jesús a Jerusalén no es solo un hecho simbólico, sino un ejemplo concreto de coherencia entre el amor y la misión, la Iglesia recuerda que seguir a Cristo implica asumir una actitud de servicio, entrega y fidelidad, incluso en los momentos más difíciles, manteniendo firme el compromiso de amar como él amó. Esta dualidad de alegría y pasión, inherente al domingo, refleja el misterio pascual; que el Reino se manifiesta en la Pascua de muerte y resurrección de Jesús, abriendo la Semana Santa con solemnidad. Las palmas, emblema de victoria sobre el mundo y la carne, no son adornos, son sacramentales que invitan a la conversión personal. Este domingo desafía; ¿Agitamos las palmas con el corazón dispuesto a la cruz? Para que impulse una Semana Santa de conversión, donde el amor de Cristo impulse misión auténtica; servicio, entrega y fidelidad inquebrantables. El Domingo de Ramos, evoca la entrada triunfal de Jesús, que desafía a la Iglesia universal a encarnar su misión como entrega total de su amor.
“Te amo… mira cuánto te amo.”
Padre Carlos Handal
Vicario parroquia Nuestra Señora de Lourdes
Ya nos estamos preparando para el Domingo de Ramos, una celebración verdaderamente hermosa, que nos recuerda la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén.
Al inicio, lo recibimos con alegría, con palmas en las manos, celebrando su llegada. Sin embargo, no deja de ser difícil de entender: ¿cómo el Mesías, el Rey esperado, ¿entra montado en un burrito? Nosotros imaginaríamos a un rey llegando en un corcel, con grandeza y poder, no en la sencillez de un animal humilde. Y ahí está precisamente lo más bello de este momento: todo es puro amor. La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén no es un acto de poder, sino de amor. Un amor que pronto veremos llevado hasta la cruz. Porque, a la vuelta de la esquina, los mismos que hoy alaban y bendicen serán quienes griten: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Y todo esto sucede por amor, por amor a ti y a mí. El Señor es bueno, es inmensamente bueno. Entonces, ¿qué nos enseña el Domingo de Ramos? ¿Cuál es su verdadero sentido? Nos invita a contemplar toda la Semana Santa, a adentrarnos en este gran misterio; el amor de Dios llevado hasta el extremo, hasta dar la vida por los demás. Por eso, el llamado es a vivir una Semana Santa de verdad, no una “semana zángana”. Que sea un tiempo para contemplar el misterio del amor de Dios, un amor que muchas veces no vemos, aun teniendo ojos. Si algo bueno hay en nosotros, es por pura misericordia de Dios. Por eso, hoy estamos llamados a reconocer nuestros pecados. A veces pensamos: “yo no robo, no mato, no hago mal a nadie”, pero para matar no se necesita un arma. Se puede herir y destruir con la lengua, con la mirada, con los pensamientos; cuando juzgamos, criticamos o murmuramos. Esta Semana Santa puede ser la última, no lo sabemos. Por eso hay que aprovecharla, vivirla de verdad. No se trata solo de rezar mucho, sino de estar con el Señor en cada momento, de aprender a escuchar su voz.