Nuestro primer defensor es Jesucristo, el enviado por el Padre para librarnos del mal. Llevada a cumplimiento su misión, intercede el Hijo para que el Padre envíe “otro paráclito”. Así le llama el Evangelio de Juan al Espíritu Santo: el que camina a nuestro lado para cuidarnos. También llamado “abogado defensor” o más propiamente “el que testifica a nuestro favor”. Cuántos nombres le damos a la tercera persona de la Santísima Trinidad, la que como hemos escuchado, está tan íntimamente vinculada al Padre y al Hijo, que la podemos también identificar con el amor divino.
Entendemos mejor así la insistencia de Jesús para que cumplamos los mandamientos. Él fue el más obediente a la voluntad del Padre y nos pide a nosotros también la atenta escucha de la Palabra de Dios, cuya realización, como ya decíamos del Espíritu Santo, se identifica con el amor.
De esa manera, estando ya en el sexto domingo del tiempo pascual, las lecturas quieren vincularnos a la Pascua de Cristo, invitándonos a que también cada uno de nosotros demos “el paso de la fe”, que conlleva la apertura a la esperanza y la concreción del amor.
En su discurso de despedida Jesús habla de la vida y del amor. Su vida ha sido una donación de amor. Y por el amor del Padre, Jesús recupera la vida que había entregado, ganándola también para todos los que hemos sido amados por Él. Con razón podemos decir que “solo quien ama, vive de verdad”. Es cierto, que quien ama sufre, pero no es menos cierto que quien ama es feliz. Dicho en otras palabras, Jesús nos invita a no tener miedo a amar. Renunciar al amor es como renunciar a la vida auténtica que Dios nos promete. En ese sentido Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo hasta el extremo”, es por excelencia el “maestro del amor divino”. Tomándonos una licencia lingüística diríamos entonces que “el otro paráclito”, el Espíritu Santo, es “el maestro particular” que nos recuerda de manera paciente las enseñanzas sobre el amor divino.
En este punto, según la primera carta de Pedro, una forma muy importante de amor cristiano es “sufrir por hacer el bien, si así lo quiere Dios”. De esa manera “damos gloria a Dios” y nos hacemos creíbles para “dar razón de nuestra esperanza”.
Como ocurrió en Samaria con “las palabras y prodigios de Felipe”, también hoy “las ciudades se llenan de alegría” por el testimonio de los cristianos. En la Santa Misión que estamos realizando, los enviados son “misioneros de la alegría”, porque a través de ellos, el mundo conoce el “Espíritu de la verdad”, que “vive en vosotros y está en vosotros” los católicos.
Vinculando esto a la salida misionera, recordamos que aquel que un día salió del Padre, anuncia ahora su salida del mundo, como signo de pleno desprendimiento. Este movimiento, porque “misión es movimiento”, nos vincula a todos los que amamos a Cristo y obedecemos sus mandatos, de manera que ya no solo “el amor habita en nosotros”, ahora -guiados por el “otro paráclito”- somos nosotros los que “habitamos en el Amor”.