Mientras la parábola del Evangelio pone el énfasis en la mala recepción del banquete, la primera lectura hace referencia a la universalidad de la invitación a “todos los pueblos”. Y en ambos queda claro la abundancia y la generosidad del convocante.
Esta parábola, una vez más, hace referencia al Reino de los Cielos como oportunidad gratuita y abundante. Por ello, llama la atención que siendo tan grande el deseo de Dios de hacernos participar de su alianza de salvación, es tan pequeña -aparentemente- la respuesta positiva a la misma.
¿Qué ocurre? ¿No les creemos a los mensajeros? ¿No valoramos el banquete o a quién lo preparó? La fiesta de boda no solo consiste en sabrosos alimentos, sino en compartirlos con otros comensales. ¿Será acaso que no queremos sentarnos con ellos?
Aunque la parábola la dirige Jesús a los líderes judíos que lo rechazaron a Él como el Mesías, la advertencia que en ella se lee es mucho más amplia y profunda. No solo los “dirigentes del pueblo”, sino grandes sectores de la humanidad, incluidos muchos bautizados, en la vida práctica siguen rechazando el encuentro con Dios. Esto supone un profundo cuestionamiento personal pero de alguna manera también social. Como decíamos antes, ¿Qué ocurre que se ofrece algo bueno y no es aceptado? Propiamente no es algo lo que se da, sino alguien. Dios mismo es el que abre su corazón “sobre malos y buenos”, nos llama a su presencia y nos regala un vestido nuevo que significa nuestra dignidad de hijos suyos. El invitado sin el atavío de boda no es alguien que no pudo comprar un traje nuevo, porque este en la época era regalado por el mismo rey que invitaba. El que no llevaba el vestido de boda significa a quien rechaza identificarse con el Señor. Gran lección, la salvación no es algo parcial o material, sino la aceptación de una filiación, con todo lo que significa de relación y asentimiento.
Otro aspecto importante en las lecturas es la magnanimidad que Dios ofrece a todos los pueblos y en ellos a todas las personas. Toda visión religiosa o social que quiera limitar la bondad de Dios a unos pocos -a los propios- queda superada por la revelación del Antiguo Testamento y mucho más del Nuevo. La salvación es para todos los que estén dispuestos a acogerla con sinceridad. En este sentido, condicionar el acceso a la Gracia divina a unos criterios humanos está fuera de la enseñanza de Jesucristo.
De alguna manera esa “lógica salvífica” está llamada también a ser una lógica histórica, en la que el acceso al bienestar social esté al alcance de todos, sin preferencias ni discriminaciones previas, por ningún motivo o condición humana. En la voluntad de Dios todos caben en la mesa del progreso. Por ello, frente a quienes siguen planteando un beneficio “a costa de” otros, la Iglesia propone un bienestar compartido “junto a” los otros.
El banquete por excelencia de los católicos es la Eucaristía, que no debemos rechazar ni olvidar. Cada domingo el Señor prepara para nosotros el banquete de la Palabra y del Altar, a Él debemos acudir con traje de fiesta.