En la aldea de La Pila de Miel, Curaren, Francisco Morazán, un niño rodeado de pinares y colmenas descubrió que la fe también puede recibirse como una herencia viva. Carlos Rubio nació en el seno de una familia de once hermanos. En su casa no había televisión ni energía eléctrica, pero nunca faltaba la oración. Cada noche, antes de irse a dormir, su padre, convertido a la fe católica después de hacer una promesa a la Virgen María, reunía a la familia para rezar el Rosario.
Ejemplo
El sacerdote que estaba a cargo de la comunidad de origen del Padre Rubio visitaba estas montañas apenas una vez al año. Su llegada era, por eso, motivo de fiesta. Cuando cumplió doce años, Carlos recibió la primera comunión. Entre el incienso, la celebración y la alegría del pueblo, surgió en su corazón un deseo que nunca volvería a desaparecer: "A mí me gustaría ser como el padre", pensó aquel niño que caminaba durante dos horas para llegar a la escuela. Mientras crecía, con todas las peculiaridades de la época, su vocación no se abrió paso sin dudas. Durante su juventud, El Padre Carlos consideró estudiar medicina y llegó incluso a soñar con obtener una beca para estudiar en Cuba. Entre la sotana y el estetoscopio, tuvo que discernir el camino que debía seguir.
Casa
Su formación comenzó a temprana edad, en el Seminario Menor San Pablo Sexto, en Choluteca y, finalmente, ingresó en el Seminario Mayor Nuestra Señora de Suyapa. Allí inició la travesía junto con otros veinticuatro jóvenes. De aquel grupo, cinco llegarían a ordenarse sacerdotes detalló. Fue ordenado diácono el tres de julio y presbítero el 30 de diciembre de 2005, en su propio pueblo. De ese modo cumplió el deseo del Cardenal Óscar Andrés Rodríguez, quien quería que aquel hijo de la montaña fuera “profeta en su propia tierra”. Desde su ordenación sacerdotal, El Presbítero Carlos Rubio ha ejercido diversos servicios pastorales. Ha sido vicario parroquial, párroco, formador de seminaristas y promotor vocacional. También estudió Teología Espiritual en Roma. Durante siete años colaboró en el Consejo Nacional Anticorrupción, convencido de que el profetismo cristiano no se limita al templo, sino que también debe hacerse presente en la plaza pública y en la defensa del bien común.
Conozca al Padre Carlos Rubio
El Padre Carlos Rubio es un lector empedernido, amante de los frijoles y del buen salmón. Sin embargo, cuando se le pregunta por su ministerio, suele resumirlo de una manera sencilla: con una sonrisa. Una niña de cinco años supo describirlo mejor que cualquier tratado de teología: es un sacerdote feliz. “Un cristiano alegre arrastra”, repite con frecuencia.