La imagen de la viña, en este domingo que coincide con la memoria de San Francisco de Asís, nos remite a un anhelado entorno agrícola de armonía entre la sociedad y la naturaleza. Por ser un pequeño campo que precisa mucho cuidado y que produce fruto sabroso, la viña se convirtió en imagen del propio pueblo escogido. De ahí que podamos decir también que la Iglesia es la viña del Señor, o mejor aún, el campo en el que Dios ha sembrado una viña que debe producir los frutos maduros del Reino.
La parábola que hoy se nos presenta, culmina con una referencia al Reino de Dios entendido como responsabilidad que exige obras consistentes. El fuerte reclamo a “los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo”, -a quienes el texto acusa del crimen cometido contra Jesús, el Hijo de Dios-, se extiende también hasta nosotros como advertencia de la responsabilidad que como Iglesia tenemos de cuidar y promover el Reino de Dios en la tierra.
En la parábola se presenta a un grupo de afortunados labradores a los que se les confía un pequeño pero valioso predio con todo lo necesario para el cultivo de la vid. Pero, llegado el momento, en lugar de agradecer la oportunidad y de entregar la parte proporcional a quién los había contratado, rechazan a los mensajeros e incluso matan al hijo del propietario. En esos labradores, de alguna manera salimos retratados todos si no somos conscientes de los dones recibidos y por los cuales debemos ofrecer una respuesta. Las obras de justicia y solidaridad que Dios nos pide no son exigencias añadidas a nuestra vida. Las buenas obras sencillamente agradecen y reconocen la oportunidad que el Señor nos ha dado al concedernos la fe y la misma existencia.
Un detalle que no pasa desapercibido: al heredero lo echan fuera de la viña para matarlo. A Cristo lo sacaron fuera de la ciudad para crucificarlo. Cuando se rechaza a Dios un lugar se vuelve invivible. En cambio, la Jerusalén divina, como nos recuerda acertadamente el Papa León XIV, es la ciudad en la que los hombres conviven armónicamente con Dios y sus hermanos. Allí se vive el perdón, la comprensión y la colaboración. En esa “ciudad de Dios”, estamos llamados a vivir como hijos de Dios y a gestionar nuestra vida con responsabilidad y respeto. La amplitud de la libertad que Dios nos da y el límite del respeto a la dignidad del otro, constituyen el entorno apropiado para nuestra realización.
Entregar a Dios los frutos de nuestra vida es devolver aquello que hemos recibido. Más aún, darnos al Señor, como lo hizo Jesús, no es perder nuestra vida, sino alcanzar una más auténtica. En este sentido, las personas que nos necesitan son como una “viña encomendada”, que Dios nos pide cuidar.
No pensemos en esta parábola como un ejemplo desconectado de nosotros, sino como un llamado a valorar, por ejemplo, el bien tan grande que supone participar en la Eucaristía. El precepto dominical no es un mandato caprichoso, sino el encargo de hacer esto “como su memoria”, que Cristo mismo ha confiado a nuestro trabajo y responsabilidad.