El perdón es un tema que atraviesa las Escrituras para atestiguar que en el mundo el amor divino es más fuerte que el desamor del pecado. En el mes de la Biblia podríamos decir que esta es una recopilación de “los libros del perdón”.
Desde nuestro bautismo el perdón forma parte de nuestra experiencia cotidiana
por la que hemos ido experimentando tanto la indulgencia de los demás, como la nuestra hacia los otros. De hecho, el perdón es parte integrante de la coexistencia humana ya que sin él todo quedaría atascado en un pasado estéril y triste. Pero la enseñanza de Cristo va más allá. Para Dios la donación del perdón no es solo una necesaria estrategia de entendimiento, sino una gratuita expresión de amor. De hecho, el “amor más grande de Jesús” se hace patente en el perdón de los pecados alcanzado por su muerte en cruz.
La conclusión de la parábola tiene una consecuencia muy concreta: “lo mismo será si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. La expresión tiene una gran fuerza, ya que no es proclamado como un principio general, “perdonen a sus hermanos”, sino como un imperativo personal: “perdone cada cual a su hermano”. Corresponde a todos y cada uno hacer lo propio con su hermano, de manera que el prójimo siga siendo próximo y no lejano.
En este sentido, en la oración que Cristo nos enseñó decimos: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. Una petición que prevé una condición. Porque el perdón es una gracia más grande que nosotros mismos. Recibimos una indulgencia inmerecida y a su vez, compartir lo recibido, mantiene viva la Gracia. El perdón recibido nos libera, el que se entrega nos enriquece.
Nadie vence al que perdona “de corazón”, es decir, de ese nivel de la conciencia donde todo “se ata o se desata”. No podemos evitar sentir dolor por la ofensa recibida, pero -con la fuerza del Espíritu Santo- curamos la herida con el aceite de la compasión. Reconstruimos la relación transformando la ofensa en intercesión, es decir, guardando en la memoria no el mal que quisieron hacernos sino el bien que nosotros procuramos. Esa es la más desconcertante derrota del malvado, ser perdonado sin límite, “setenta veces siete”. Si somos del Señor el poder del pecado podrá matarnos, pero no derrotarnos, ya que “Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de muertos y vivos”. La victoria de Cristo consistió en que el odio no apagó nunca su amor. Igualmente, entre nosotros, cuando el rencor de quien ofende es superado por la bondad de quién perdona. Nadie puede poner límite al amor de Dios que perdona.
En resumen, perdonar no es fácil, pero es posible por la Gracia de Cristo. Él nos enseña que perdonar no es debilidad, sino la fuerza de los santos.
El Señor nos conceda el don del perdón, especialmente cuando veamos al sacerdote sostener el cáliz y pronunciar las palabras del mismo Jesús: “…esta es mi sangre que será derramada por ustedes y por muchos, para el perdón de los pecados”.