«El buen pastor entra por la puerta… y las ovejas escuchan su voz… y lo siguen». Es una imagen inspiradora que Cristo presenta de sí mismo y para nosotros, su “pequeño rebaño”. La respuesta de seguimiento no se da solo porque sea una voz conocida, sino porque es reconocida; es decir, identificada con alguien que me quiere bien. Ese es Jesús: el que me quiere bien. La voz de la persona amada llega al corazón porque nace del corazón. Así es el Señor con nosotros, sus ovejas —su pueblo, su Iglesia—, el Pastor que nos habla al corazón.
En la primera lectura, situada en el día de Pentecostés, Pedro declara solemnemente su fe en Jesucristo como Señor y Mesías. Lo que pocos días antes no había tenido eco, en ese momento —lleno del Espíritu Santo— produce un gran efecto en los oyentes. Quedan impactados no tanto por unas ideas, sino por su convicción. Pedro no se dirige solo a la razón, sino al corazón, como buen pastor.
«¿Qué tenemos que hacer?», le preguntan. Y la respuesta es muy sencilla: «Arrepiéntanse y bautícense». Pareciera que pide poco, pero en verdad exige todo: arrepentirse del pecado y sumergirse, por el bautismo, en la vida nueva de Cristo. Es un cambio radical, conforme nos lo pide el anuncio de la Buena Nueva.
Y seguimos con Pedro, ahora en su primera carta. El argumento del apóstol es este: «Lo que agrada a Dios es que sufran con paciencia por haber hecho el bien». Sufrir por hacer el mal no es mérito; más bien puede convertirse en purificación. A veces esperamos una recompensa inmediata ante cualquier avance en nuestra vida cristiana. Pero, en verdad, cuanto más progresamos, mayores serán los obstáculos que encontremos. No nos desanimemos: perseveremos. Si sufrimos haciendo el bien, es que vamos por buen camino.
La segunda idea que consideramos, tomada de la segunda lectura, es la cita del Siervo de Yahveh: «Él cargó con nuestros pecados, llevándolos en su cuerpo». Con paciencia y mansedumbre carga sobre sí el pecado —que él no había cometido— para destruirlo en su propia humanidad. Hacía falta que aquello que nuestros cuerpos pecadores dañaron lo reparara un cuerpo santo: el de Cristo. Y esa entrega de su cuerpo histórico se perpetúa en el tiempo en su Cuerpo místico, que es la Iglesia.
Volvemos al Evangelio para entrar, junto con el Pastor, por la puerta, y unirnos al rebaño en el redil de la fe. Es decir: a la comunidad cristiana se accede por Cristo. Él, por el bautismo, nos introduce en la Iglesia. Y viviendo en ella seguimos a Jesús, a quien el Padre ha constituido puerta de salvación. Es una imagen que, especialmente en los Años Santos, se usa de forma sugerente para expresar la mediación única de Cristo, por quien tenemos acceso a los bienes del cielo.
Cristo es la puerta abierta del cielo; a través de ella podemos escuchar una voz, a la vez paterna y materna, que nos habla al corazón.
En la Eucaristía escuchamos esa voz y la seguimos, para saciarnos en las praderas de su Cuerpo y de su Sangre.