En los discursos de la última cena, en un contexto de despedida, Jesús dice a sus discípulos: “Confiad en Dios y confiad también en mí”. Posiblemente los apóstoles no alcanzaban a entender lo que les estaba diciendo, como muestran las palabras de Tomás y Felipe. Por cierto, benditas preguntas que propician las respuestas de Jesús. Tener fe en Jesús es confiarse a Él, porque “Él es Dios, y quién lo ve a Él ve al Padre”. Muchas veces no vivimos angustiados por la realidad objetiva, sino por la preocupación subjetiva. Con fina profundidad psicológica, Jesús asume e ilumina los sentimientos de los suyos, infundiendo calma y ayudando a comprender su Pasión. Su muerte y resurrección no solo afecta a los cristianos de manera afectiva, sino en todas sus dimensiones. Los apóstoles, se entristecen por el anuncio de su partida porque, como a nosotros, les cuesta dejar ir al ser querido. Por eso el Señor levanta la mirada de los suyos diciéndoles: “en la casa de mi Padre hay lugar para todos”. Mientras nuestro futuro es incierto e incluso amenazante, el futuro de Dios es seguro y acogedor. Tener fe es adherirse a un futuro, el de Dios, que trasciende y a la vez renueva nuestro presente.
Siempre delante de nosotros, Jesús se adelanta “a prepararnos el lugar”. En este caso el espacio no es geográfico sino divino. Porque en el cielo caben todos, pero ¿en todos cabe el deseo del cielo? Ese es el gran desafío que no acabamos de entender. Nosotros tenemos un lugar en el corazón del Padre, pero ¿tiene nuestro corazón un lugar para Dios? La Liturgia de la Palabra nos presenta estos interrogantes cuando ya está avanzando el tiempo pascual y se vislumbra la despedida (ascensión) del resucitado.
En la numerosa comunidad de Jerusalén -primera lectura- empiezan algunos problemas. Benditas dificultades que alcazan tan eclesial solución: el origen del diaconado. Muy instructivo es el proceso que se sigue: elección, oración, imposición de manos. Los apóstoles escuchan a la comunidad y disciernen una solución práctica: no es necesario que unos pocos lo hagan todo, mejor que alguien más se ocupe de atender las mesas de las viudas. Cuanto mayor participación, mayor comunión. La comunidad de los bautizados elige entre sus miembros a los candidatos y los presentan. Siendo considerados idóneos por los apóstoles, todos oran, y con la imposición de manos los instituyen. Aprendemos también nosotros a saber delegar de manera responsable y creativa.
La primera carta de Pedro toma la imagen del templo espiritual, en el que se ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios. En ese templo Cristo es al mismo tiempo la “piedra angular” en la que todo se sostiene, y la “piedra de escándalo” para quienes se niegan a acoger la Palabra. Nadie puede quedar indiferente ante Cristo.
Volviendo al Evangelio, estamos llamados a confiar en Jesucristo, camino, verdad y vida. El camino para no perdernos, la verdad para no equivocarnos y la vida para nunca morir, como nos enseñó San Juan XXIII.
En definitiva, respondiendo a Felipe, sabemos que en Jesús “el Padre realiza su obra”. Comulgando con Cristo Eucaristía, Dios continúa su obra en nosotros.