“Acerquémonos con confianza al trono de la gracia”, nos dice la carta a los hebreos. Acerquémonos sin temor al árbol de la cruz, en el que estuvo clavada la salvación del mundo, cantamos hoy.
En el relato de la Pasión -que hemos escuchado- había varios personajes, entre ellos una multitud que contemplaba desde lejos, con vergonzosa prudencia y clamoroso miedo a compartir la suerte del condenado. También nos puede ocurrir a nosotros en esta Semana Santa que nos mantengamos alejados del misterio quedándonos solamente en una admiración exterior o un mero acompañamiento cultural.
Acerquémonos para ver de cerca las heridas de Cristo, ellas nos sirven para conocer su corazón. Las nuestras, le sirven a Cristo para encontrar un espacio por dónde entrar a nuestro interior. Cuanto más cerca, más auténtico será el encuentro.
Acerquémonos al lugar donde lo crucificaron. Si en el salmo 87 se dice de Jerusalén, “todos hemos nacido en ella”, con mayor razón podemos decir de la Pasión del Señor: “todos hemos renacido en ella”.
Acerquémonos a los que hoy sufren. Por Jesús agonizante ya no podemos hacer mucho, pero por los agonizantes de nuestro tiempo, sí podemos hacer bastante. Acerquémonos sin temor a ellos, porque en ellos, en los que hoy son golpeados injustamente, Cristo sigue siendo golpeado.
El resucitado no olvida que primero él fue el crucificado. De hecho, como sabemos, no duda en mostrar sus manos y su costado traspasados, para que creamos, que verdaderamente murió y resucitó.
Acerquémonos ahora al árbol de la cruz, para -en ella- adorar a Cristo, que con su muerte salvó al mundo.