La Iglesia Católica dedica el mes de marzo a San José, esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús. Su solemnidad principal se celebra el 19 de marzo. San José es considerado un poderoso intercesor y protector de la Iglesia Universal, de la evangelización y de los misioneros, actuando como guardián del plan de Dios. Como "sombra de Dios" enseña a los misioneros a servir con humildad, obediencia y confianza, protegiendo su labor evangelizadora y sus vidas en tierras de misión, siendo invocado para recibir gracia, misericordia, valentía y su guía en la difusión del Evangelio.
Al igual que protegió a Jesús de Herodes y lo guio, San José protege en sus desafíos a la Iglesia misionera, considerada el cuerpo místico de Cristo (1 Corintios 12, 12-27). Muchos institutos de vida consagrada y misiones lo invocan como protector debido a su papel en el crecimiento del Pueblo de Dios, siendo guía fiel, sabio y buen compañero de viaje y de trabajo en la evangelización, especialmente en contextos y ambientes difíciles.
Pero no solo es un protector sino que incluye confiarle las vocaciones misioneras, las comunidades cristianas y el cuidado de los consagrados en el mundo. De ahí, que no es extraño que muchas de las primeras misiones que fundaron los misioneros en América Latina y el Caribe tuvieran el nombre de José y que muchos Institutos de vida consagrada, conscientes de su pertenencia a la Iglesia misionera, hayan optado por abrir casas de misión en países no cristianos, poniéndolas bajo el patrocinio de San José, a quien invocan como “Protector de las misiones”, “San José de la Misión”, esta devoción lo destaca como modelo de virtudes cristianas y fiel custodio de la Sagrada Familia, además, cómo un modelo de vida oculta y humilde, reflejando su labor silenciosa pero fundamental en la historia de la salvación, pues sirvió a Dios con humildad, obediencia y confianza.
San José, como fiel discípulo, abrazó su vocación día tras día, en los momentos difíciles y en las continuas exigencias se olvidó de sí mismo como siervo fiel y prudente, para cumplir lo que su Señor y vocación implicaba, ofreciendo en la actualidad un modelo de fidelidad a la vocación, dando, testimonio de ello al responder al llamado de tomar a María como su esposa, de ser el padre terrenal de Jesús, de ir a Belén, de ir a Egipto y a Nazaret.
En todo momento estuvo abierto al designio de Dios de participar en la obra de la redención de Dios a través de su Hijo. Porque la obediencia implica misión (servicio), escuchar y sacrificar, escuchar la voz de Dios en sus sueños y obedecer aun en contra de lo que tenía planeado, permitiendo que la gracia de Dios actuara plenamente en él, renunciando a su propia voluntad. El Corazón de Dios siempre estuvo presente en su mente y en tiempos de misión como vive la Iglesia y en particular la de Honduras, acudir a él para pedir el don de la perseverancia se vuelve una sabia e inspirada petición.