En los meses finales del año se incrementa en nuestras parroquias la celebración de sacramentos, por finalizar las catequesis de programación anual o semestral, al igual que por la conclusión del período lectivo en los colegios y escuelas que ofrecen la preparación para primeras comuniones y confirmaciones. También se registra la terminación de las Catequesis de Iniciación Cristiana de Adultos. Instituciones educativas, ciertas empresas, así como algunos organismos gubernamentales, tienen un poco más de personal en vacaciones, por lo que hay un cierto incremento en el número de bodas. Por todo eso, creo oportuno hacer algunas reflexiones referentes a la celebración de los sacramentos y los temas relacionados con ellos, para que la feligresía católica valore adecuadamente la vida sacramental.
Recordemos que es necesario recibir el bautismo para recibir cualquier otro sacramento; por él se nos da el don de la fe, pasamos a formar parte de la Iglesia y a ser hijos adoptivos de Dios. Todos estamos llamados a ubicar a muchos integrantes de familias católicas, mayores de edad, que, incluso frecuentando la Santa Misa y participando con devoción a otras celebraciones, no han recibido el bautismo. Gran caridad es invitarles a integrarse a la catequesis parroquial de Iniciación Cristiana de Adultos. Otro tanto debe hacerse con quienes, aunque ya bautizados, no han recibido nunca la Eucaristía, ni están confirmados.
Si estamos atentos, podremos encontrar numerosos hermanos que hicieron una primera confesión y una primera comunión, y no se acercaron nunca más a tales sacramentos. Algunos de ellos creen firmemente que Jesús está en el sagrario y puede que asistan de vez en cuando a una hora santa. Es práctica muy piadosa adorar al Señor Eucaristía. Pero no se debe olvidar que tal institución nos ha sido dada fundamentalmente para alimentarnos de Él. «El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tendrá vida eterna» (Jn 6, 54). No se invita al banquete para abstenerse de comer. Se ha de fomentar la comunión frecuente y, con ella, los feligreses deberán de estar dispuestos a acudir tanto cuanto sea necesario al sacramento de la reconciliación.
La unción de los enfermos, que se había venido administrando desde el siglo XIII sólo a los moribundos, se volvió a administrar a enfermos crónicos, en estado delicado, pero no necesariamente a punto de muerte, e incluso a quienes van a ser sometidos a una cirugía mayor. Es importante que las familias católicas sean bien instruidas al respecto, para no llamar a un sacerdote demasiado tarde, arriesgando que éste llegue cuando el enfermo ya ha muerto. A los ancianos de muchos años se le puede administrar con cierta frecuencia, aunque sus quebrantos de salud no sean necesariamente graves.
El sacramento del matrimonio amerita reflexión aparte, más extensa y profunda. Quede mencionada aquí la importancia de prepararse para toda una vida matrimonial y no solamente para la boda. En cuanto al sacramento del orden se recomienda a los fieles asistir cada vez que puedan a las ordenaciones, episcopales, presbiterales y diaconales, para comprender mejor las tareas varias que corresponden a sus pastores y para saber tener una adecuada cercanía con ellos.
«Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia por los cuales nos es dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales los sacramentos son celebrados significan y realizan las gracias propias de cada sacramento. Dan fruto en quienes los reciben con las disposiciones requeridas» (Cat.Igl.Cat.1131).