En nuestro país decir “política” es casi una mala palabra. Entre quienes así piensan está nada menos que Mafalda, la de Quino. Y esto es así, no por la naturaleza de la misma política, sino por su práctica concreta en estas Honduras y -¿por qué no decirlo?- también en muy numerosos países en esta época.
La política debe velar, primordialmente por el bien común, es decir, por el bienestar de los ciudadanos. Tiene ciertamente muchas y diversas tareas, pero todas ellas tienen como norte ese bienestar. Vista así la política, podemos decir, sin temor a ser temerarios, que nuestras instituciones de gobierno nacionales y locales están en deuda desde hace muchos años.
Si examinamos la situación desde inicios de la década de los ochenta, cuando empezó el Estado a regirse por la Constitución de la República que aún tiene plena vigencia, encontramos tres indicadores que indican grave ausencia de bienestar: el índice de pobreza está estancado, y los pocos programas que se han diseñado para su reducción han sido ineficaces. El índice de desempleo es hoy más alto que entonces y lo mismo sucede con el de la violencia, pese a cierta mejora en relación a su punto más alto de hace una década y media.
La Doctrina Social de la Iglesia asegura que “la persona humana es el fundamento y el fin de la convivencia política” (CDSI 384). La Constitución de la República, por su parte, declara: “La persona humana es el fin supremo de la sociedad y del Estado. Todos tiene la obligación de respetarla y protegerla. La dignidad de la persona humana es inviolable” (Art. 59). Ante tal coincidencia, todos devenimos obligados a luchar por el bien común de nuestro pueblo y a exigir que quienes nos gobiernan cumplan con esta finalidad humana y constitucional.
No creo que necesite grandes argumentos par afirmar que nuestra democracia es imperfecta, y que subsisten muchas prácticas políticas típicas de la más pura autocracia. Y esta última es la enemiga actual y más común de las prácticas democráticas. El Papa Francisco acostumbraba decir que la política es una forma elevada de la caridad y no la búsqueda obsesiva del poder. Y pedía tomar en cuenta cuatro principios: 1) La realidad es más grande que la idea: para tomar en cuenta las situaciones reales más que las conceptuales. 2) El todo es superior a la parte: para no hacer política a favor de algunas personas o grupos, sino para toda la sociedad e integralmente. 3) La unidad prevalece sobre el conflicto: por lo que hay que recurrir al diálogo y no a la polémica para dirimir conflictos. 4) El tiempo es superior al espacio: por lo que hay que privilegiar el inicio de soluciones a largo plazo, en lugar de ganar espacios de poder inmediatos y probablemente efímeros.