Al conversar sobre nuestro encuentro con Dios o sobre alguna experiencia espiritual, frecuentemente, se deja entrever que fue resultado de mi esfuerzo el que lo logró. Por ejemplo, “es que yo rezaba todos los días”, “iba a Misa y oraba con insistencia” o “es que yo buscaba de Dios por muchos lugares”, etc.
Eso me recuerda la exclamación de admiración de Cristo por las obras del Padre: “En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (San Mateo 11, 25 – 27)
Y es que todo ha sido entregado a Jesucristo. Usted, yo y toda la humanidad somos parte de un Plan de Salvación (leer 2, Timoteo 2, 4), por anticipación divina más que por voluntad humana. Ser rescatados de las garras del pecado y tener un hábitat para todos, es la revelación que Cristo nos trajo y su Iglesia lo ha proclamado a través del tiempo. Es la fe que ha sembrado en nuestros corazones y nos hacen ver la vida con otros ojos.
El Papa Francisco nos lo dice así: “Si no se reconoce que la fe es un don de Dios, tampoco tendría sentido las oraciones que la Iglesia le dirige. Y no se manifestaría a través de ellas ninguna sincera pasión por la felicidad y por la salvación de los demás y de aquellos que no reconocen a Cristo resucitado, aunque se dedique mucho tiempo a organizar la conversión del mundo al cristianismo. Es el Espíritu Santo quien enciende y custodia la fe en los corazones, y reconocer este hecho lo cambia todo. En efecto, es el Espíritu el que suscita y anima la misión, le imprime connotaciones “genéticas”, matices y movimientos particulares que hacen del anuncio del Evangelio y de la confesión de la fe cristiana algo distinto a cualquier proselitismo político o cultural, psicológico o religioso.” (Mensaje del Santo Padre Francisco a las Obras Misionales Pontificias, 21 de mayo de 2020)
De esta “genética” que nos habla el sumo pontífice, nos dice San Pablo: “En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos.” (Efesios 2, 10)
¡Oremos al Espíritu Santo que suscite y mantenga la fe en Jesucristo Resucitado incendiando nuestra alma! ¡Que este mismo Espíritu Divino sea el motor de muchas iniciativas misioneras y de celosos misioneros por anunciar el Evangelio a tiempo y a destiempo!