Cuando pensamos en la misión, imaginamos caminos recorridos, pueblos visitados, culturas encontradas y el anuncio del Evangelio. Sin embargo, detrás de toda auténtica obra misionera hay una fuerza muchas veces silenciosa: la oración.
Para comprender más este misterio de fe, leamos este pasaje de la Sagrada Escritura: “Vinieron los amalecitas y atacaron a Israel en Refidim. Moisés dijo a Josué: "Elígete algunos hombres, y sal mañana a combatir contra Amalec. Yo me pondré en la cima del monte, con el cayado de Dios en mi mano". Josué cumplió las órdenes de Moisés, y salió a combatir contra Amalec. Mientras tanto, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima del monte. Y sucedía que, cuando Moisés tenía las manos levantadas, vencía Israel; pero cuando las bajaba, vencía Amalec. Como las manos de Moisés se cansaban, tomaron una piedra y se la pusieron debajo; él se sentó en ella, mientras Aarón y Jur le sostenían las manos, uno a un lado y otro al otro. Así se mantuvieron sus manos firmes hasta la puesta del sol. Y Josué derrotó a Amalec y a su pueblo a filo de espada.” (Éxodo 17, 8 – 13)
La fuerza de la oración que vemos reflejada en Moisés ha acompañado siempre la vida misionera de la Iglesia. Por eso no es de extrañar que el Papa Pío XI en 1927 proclamara como patrona de las misiones a Santa Teresa del Niño Jesús (de Lisieux). Teresita, una monja de clausura, vivió su vida espiritual en continua oración y ofreció cada una de sus acciones para que las misiones dieran abundantes frutos para el Reino de Dios y los misioneros encontraran fortaleza frente al cansancio y la desesperación.
En la oración, la Iglesia reconoce un valor incalculable de bienes. Es tan así, que las Obras Misionales Pontificias invitan a los enfermos, ancianos y discapacitados a ser misioneros en la oración de intercesión por las misiones. A este servicio se le conoce como Unión de Enfermos Misioneros (UEM) que forma parte de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe.
Recordemos que no todos estamos llamados a partir hacia tierras lejanas, pero todos podemos participar en la misión universal de la Iglesia mediante la oración, el sacrificio y la ofrenda cotidiana de nuestra vida.
Unámonos, hoy y cada día, con el Papa León XIV en esta plegaria por las misiones: “Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva. Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura. Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza. María, Reina de las misiones, acompaña nuestra labor evangelizadora en todos los rincones de la tierra; haznos instrumentos de paz y haz que el mundo entero reconozca en Cristo la luz que salva. Amén.” (Mensaje para la 100° Jornada Mundial de las Misiones 2026)