“Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (San Lucas 5, 28), así le pasó a Leví (Mateo), el cobrador de impuestos (publicano), al escuchar el llamado de Jesús. Que precioso es imaginarse la capacidad de atracción que tenía Cristo en las personas. Da una sensación de querer caminar con Él, sin importar lugar, día, hora.
Hay múltiples ejemplos en los evangelios de cuantas personas dejaban todo para seguirle y como se unían multitudes para acompañarle por donde andaba. Para muestra aquí unas piezas de los evangelios: San Lucas 5, 8-11; San Lucas 14, 25; San Lucas 23, 27; San Juan 1, 35-39 y San Juan 6, 2.
Así nos lo explica el Papa Francisco: El misterio de la Redención entró y continúa obrando en el mundo a través de un atractivo que puede fascinar el corazón de los hombres y de las mujeres, porque es y parece más atrayente que las seducciones basadas en el egoísmo, consecuencia del pecado. “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”, dice Jesús en el Evangelio de Juan (6, 44). La Iglesia siempre ha repetido que seguimos a Jesús y anunciamos su Evangelio por esto: por la fuerza de atracción que ejerce el mismo Cristo y su Espíritu. La Iglesia -afirmó el Papa Benedicto XVI- crece en el mundo por atracción y no por proselitismo (cf. Homilia en la Misa de apertura de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, 13 de mayo 2007: AAS 999 [2007], 437). San Agustín decía que Cristo se nos revela atrayéndonos. Y, para poner un ejemplo de este atractivo, citaba al poeta Virgilio, según el cual toda persona es atraída por aquello que le gusta. Jesús no solo es atrayente para nuestra voluntad, sino también para nuestro gusto (cf. Comentario al Evangelio de San Juan 26, 4). Cuando uno sigue a Jesús, contento por ser atraído por Él, los demás se darán cuenta y podrán asombrarse de ello. La alegría que se transparenta en aquellos que son atraídos por Cristo y por su Espíritu es lo que hace fecunda cualquier iniciativa misionera”. (Mensaje del Santo Padre Francisco a las Obras Misionales Pontificias, 21 de mayo de 2020).
Los discípulos aprendieron de su Maestro. Leamos lo que Hechos de los Apóstoles 2, 47 nos describe: “Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar”.
La Humanidad está sedienta de misioneros que irradien de esa atracción de Vida Eterna que el Señor coloca en cada uno. Dejemos que el Espíritu Santo nos transforme en esos faros que alegran, dan gusto, atraen, vibran con el Amor de Dios. Que nuestras comunidades y actividades sean magnetos para el encuentro con Cristo. ¡Así sea!