“Celebramos la Ascensión como una fiesta y, sin embargo, en ella se conmemora la despedida de Jesús de sus discípulos y de este mundo. El Señor asciende al Cielo, y la liturgia oriental narra el estupor de los ángeles al ver a un hombre que con su cuerpo sube a la derecha del Padre. No obstante, mientras Cristo estaba para ascender al Cielo, los discípulos –que, además, lo habían visto resucitado– no parecían que hubiesen entendido aún lo sucedido. Él iba a dar inicio al cumplimiento de su Reino y ellos se perdían todavía en sus propias conjeturas. Le preguntaban si iba a restaurar el reino de Israel (cf. Hechos 1, 6). Pero, cuando Cristo los dejó, en vez de quedarse tristes, volvieron a Jerusalén “con gran alegría”, como escribe Lucas (24, 52). Sería extraño que no hubiera ocurrido nada.” Estas son las palabras del Mensaje del Santo Padre Francisco a las Obras Misionales Pontificias el 21 de mayo de 2020.
Y es, desde este primer acontecimiento, que con el tiempo los cristianos comprenden que la Ascensión del Señor es la culminación de la misión redentora de Jesús, marcando su regreso al Padre y la entrada definitiva de la humanidad en la gloria divina. Este evento no es un alejamiento de la humanidad, sino que, Jesús, como cabeza de la Iglesia, introduce nuestra naturaleza humana en el dominio celestial.
Continua el sumo pontífice: “El misterio de la Ascensión, junto con la efusión del Espíritu en Pentecostés, imprime y confiere para siempre a la misión de la Iglesia su rasgo genético más íntimo: el de ser obra del Espíritu Santo y no consecuencia de nuestras reflexiones e intenciones. Y este es el rasgo que puede hacer fecunda la misión y preservarla de cualquier presunta autosuficiencia, de la tentación de tomar como rehén la carne Cristo –que asciende al Cielo– para los propios proyectos clericales de poder.”
Por tanto, es este misterio el que sella la victoria sobre el pecado y la muerte, inaugurando la misión de la Iglesia, allanando el camino para el Espíritu Santo y abriendo la esperanza de la resurrección para todos los creyentes.
Este suceso marca el punto de partida de la acción misionera de la Iglesia. Entre las lecturas bíblicas que se meditan este día se encuentra la que nos dirige como misioneros: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.” (San Mateo 28, 19 – 20)
Es así como Jesús envía a sus discípulos a proclamar la salvación, iniciando el triple ministerio de la Iglesia (pastoral, litúrgico y magisterial) bajo la promesa del Espíritu Santo. La Ascensión confirma que el cielo es la meta final, donde la Iglesia espera reunirse con su Señor.
¡Que el Espíritu Santo nos haga proclamar la salvación en Cristo Jesús a todas las naciones, con los ojos puestos en el cielo, para ser incansables en la tarea!