El segundo domingo del tiempo litúrgico de Cuaresma (Ciclo A) se centra en la Transfiguración del Señor (Mt 17, 1-9) como un anticipo de la gloria pascual, invitando a la conversión a través de la escucha de Jesús, el Hijo amado. Es, además, un llamado a subir al monte con Él, transformando la propia vida mediante la oración y renovando la fe tras la tentación del desierto. Nos dice la Palabra, que Jesús se transfigura para fortalecer a sus discípulos ante el miedo de la cruz, mostrando la luz de la resurrección, así como cuando nos convertimos y transfiguramos nuestra vida, pasando de las tinieblas a la luz.
En ese transitar cuaresmal resuena fuertemente la palabra conversión, porque a ello nos llama el Señor: a convertirnos a la alegría pascual. Es un tiempo privilegiado para hacer silencio en nuestro interior, para detenernos en el camino, para desconectarnos de nuestras rutinas, para encontrarnos con nosotros mismos y revisar nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios.
Es el tiempo de cambiar, de romper nuestras perezas, de salir de nosotros mismos, de renovarnos, de volver a lo que nos hace realmente sentir felices, en definitiva, de ponernos en sintonía con la vida íntima de Dios. Los cristianos católicos que creemos cumplir con lo que nuestra amada Iglesia nos “manda” y que creemos tener una práctica de vida cristiana aceptable, podemos tener la tentación de pensar que esto de la conversión no es asunto nuestro, sino algo que atañe a los que están alejados de Dios y de la Iglesia. Si pensamos así, estamos equivocados.
Todos necesitamos volver a Dios. Nadie es tan perfecto en su relación con Dios que no tenga que convertirse más y mejor. La conversión es un camino de toda la vida porque todos tenemos la inclinación a no ser totalmente fieles a Dios. Dedicar un rato diario a la lectura de la Palabra de Dios, reservar un espacio diario a la oración personal, asistir a la Eucaristía, ayudar a algún necesitado, hacerle un favor a alguien, reconciliarte con Dios, pedir perdón a alguien, etc. son obras sugeridas por Jesús y que nos ayudarán en nuestro camino de conversión a Dios.
La voz del Padre en el Tabor: "Escuchadle" es la orden principal para la conversión: reconocer a Jesús como la verdad y obedecer su mensaje de amor y servicio, obedecer el llamado a salir de la comodidad, a salir de nuestras seguridades y egoísmos con una confianza ciega en Dios, similar a la vocación de Abraham (Primera Lectura) quien se puso en pie para seguir el camino hacia la tierra prometida, dejando atrás la seguridad y estabilidad de Harán, su lugar de origen, su cultura, la herencia paterna y a su familia extendida, de ese mismo modo al dejar de lado no solo los alimentos sino también los apegos y actitudes que nos separan de Dios, creamos un espacio para que la luz de Cristo penetre más profundamente en nuestras vidas y descubramos que más que una temporada de sacrificios externos, es un tiempo de gracia propicio para el encuentro con el Maestro que transforma vidas.