En el Evangelio de este V Domingo de Pascua, ciclo A (Jn 14, 1-12), Jesús dice a sus discípulos: «Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dice: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Jesús le responde: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí». Encontramos en esta nueva autopresentación de Jesús, todo un programa pastoral para cada uno de nosotros.
Un camino nos permite ir de un sitio a otro, o de una situación a otra. Y en nuestra vida se nos ofrecen múltiples caminos y son muchos los que recorremos. El más importante es el que corresponde a nuestro itinerario espiritual, porque la espiritualidad no debe ser estática ni repetitiva, sino un avanzar o, mejor aún, un ascender, para lo cual debemos estar conscientes del camino que nos lleva a la casa del Padre y de las diversas etapas y requerimientos del trayecto. No basta cumplir con prácticas piadosas, lo que es muy meritorio; se nos pide conversión, cambio de vida y eventualmente de rumbo. Y Jesús, buen Pastor, no sólo es camino sino también guía y acompañante y apoyo constante en este caminar ascendente.
La verdad expresa correspondencia entre los contenidos de la mente y el objeto a la que se refiere, es una categoría epistemológica, que nos permite ubicarnos en el conocimiento correcto. La verdad es también una coherencia de vida, y una autenticidad de discurso, es pues también una categoría moral, que me lleva a actuar sin doblez, sin engaño. La verdad es también una categoría teológica, pues Cristo es y se presenta como la Palabra verdadera del Padre, el que en verdad se encarnó para cumplir las promesas, y quien, como maestro de la verdad, nos exhorta a buscar siempre la verdad porque ella nos hará libres (Cf. Jn 8, 32) y a hablar sin distorsionarla, evitando ambigüedades, mentiras o deformaciones: «Que vuestro decir sea sí, sí; o no, no» (Mt 5, 37).
Jesús es garantía de vida: «Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 25-26). La Sagrada escritura está llena de esta afirmación, dicha en diferentes ocasiones y de diferentes maneras: «Yo soy el Pan de Vida» (Jn 6, 35). « Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y que viva» (Ez 33, 11). « Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). «Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios» (Rm 6, 8-10). «Si hemos muerto con él, también viviremos con él» (2 Tim 2, 11). Nuestra vida cristiana es un encuentro personal con Cristo, es un vivir con Él y para Él, seguros de que siendo su discípulos fieles, nos dará la vida eterna.