Está concluyendo este mes de septiembre, mes de la patria, mes de la Biblia. Viendo las imágenes de lo que ha hecho el presidente Bukele en El Salvador con la figura de Morazán, nos damos cuenta de los procesos de legitimación que buscan los líderes modernos. Los símbolos son importantes y este presidente, experto en el mundo digital, sabe de la importancia de la imagen. Sin quitarle el éxito que ha tenido respecto a proporcionar educación y salud a su pueblo, no debemos ignorar las formas con que se ha consolidado en el poder. Morazán no creo que estaría muy de acuerdo con él en esta manera de proceder, aunque sin duda, tampoco se quedaría de brazos cruzados ante la criminalidad de las maras. Las formas no deben nunca ser manipuladas desde la escenografía. Hay que proceder desde la verdad.
En nuestro patio hay varias cosas que preocupan. Seguimos adoleciendo de programas, proyectos claros contra la siempre galopante corrupción. La sociedad una vez más se está polarizando. La desbordada inflación nos está pasando factura y no se mira por dónde pasar. El mundo está al borde de una recesión sin precedentes y aquí estamos ocupados en cuotas de poder y legitimizarnos con base a lo que sea.
De ahí, la razón real de mi columna de esta semana: eso de usar como campaña la promoción de la lectura de la Biblia como un medio para afirmarme en el poder, legitimar mi manera de proceder porque está arropada de un halo de sacralidad, no debe ocurrir.
El deseo expreso de darle “viento” a un proyecto que no ha sido asumido por las partes que desde el inicio fueron involucradas, y que pretende imponerse sin respetar el parecer de los grupos que lo ven como un ataque a la laicidad del Estado y al sentido común que obliga a no casarse con una línea de corte semi-religiosa que solo sirve para ampliar o sostener el electorado para futuros proyectos de toma del poder nacional, es a mi parecer, un error. Se está desconociendo propuestas equilibradas que impliquen la formación en valores, pero sin imponer un solo criterio de interpretación de la Palabra de Dios escrita.
Yo ya veo venir que dirán que nosotros, como Iglesia Católica, no quisimos participar, pero si es necesario decir la verdad de todo esto, tendrá que decirse. Se participó en reuniones en las que hasta miembros de algunas de las iglesias evangélicas hablaron de propuestas de educación en valores con base bíblica, muy interesantes a mí parecer, pero que no seguían una línea impuesta desde su dirigencia. La misma Secretaría de Educación habló de que ellos ya tenían un plan y que ese iban a seguir. ¿Entonces? Participar de un proceso no significa a ciegas decir que sí a todo. Nosotros no necesitamos legitimarnos ante nadie, pero si debemos actuar en la verdad y con la verdad. Educar no es imponer.