Él siempre lo supo. A mí me costaba mucho decirle “monseñor”. Algo similar me pasa con Mons. David García y Jenry Ruiz. Complicado encontrarse con los compañeros de seminario y borrar de un plumazo la camaradería, las bromas y las pláticas compartidas en la confianza.
La muerte de Teodoro me ha golpeado mucho. Lo admito. De hecho, cuando leí de su muerte en un mensaje que nos envió don Emigdio Duarte, se me salió una palabrota… y para los pulcros y santos, sepan que ya me confesé.
El asunto es que sigo estando en shock. Compartimos seminario, estudios en Roma, casa en Tegucigalpa. Todas las mañanas mientras vivió en casa con nosotros, nos encontrábamos caminando en el estacionamiento de la parroquia. Era casi una especie de ritual.
En casa Teo pasó desde el COVID hasta sus primeros rollos serios con la diabetes que padecía. Le dije varias veces que se cuidara. Hasta le había comprado un aparatito par que mediera la glucosa, pensando que con eso al menos le ayudaba un poco.
No quiero imaginarme lo que sienten en Choluteca. Teo era recto, increíblemente recto. No le gustaban las medias tintas y entendía su misión de obispo, de pastor. Yo sé para algunos podría aparecer como un poco distante y hasta duro… pero doy fe de todo lo contrario. Su sonrisa era franca, sin doblez. No era diplomático. Era Teodoro.
Tengo el orgullo de haber sido el que le enseñó a comer pizza en Roma. Era lo que tenía que pagar cada vez que me cortaba el pelo. No sé si lo sabían, pero el Teo era peluquero. Doy fe que lo hacía muy bien. Además, que para las billeteras de los estudiantes en Roma era mil veces mejor pasar por sus manos que por las de otro.
Tantas anécdotas y tantas experiencias. Gracias a Teo logré cumplir uno de mis sueños: conocer el pueblo y la casa de San Pablo VI. No era aún santo, pero yo sabía que lo sería. Teo iba a una parroquia de Brescia a trabajar cada fin de semana y ahí nos pusimos de acuerdo y nos echamos junto al P. Ricardo Flores todo el norte de Italia. Buena paseada y mejor compañía.
Creo que nunca tuve la posibilidad de decirle de verdad todo lo que le apreciaba y admiraba. Supongo que es de esas cosas que uno no dice porque sabe que el otro lo entiende. Tal vez hubiera sido bueno haberlo hecho. En fin, una cosa más que no se hizo a tiempo.
Alguna vez me confesé con él y al final creo que es mejor decir, nos confesamos. Recuerdo sus consejos. Ojalá pueda estar a la altura de ellos.
Querido “Chelito” vuele alto. Ya tocará volvernos a encontrar y espero que se hayan convencido los del Pío Brasileño que usted jugaba tan bien de delantero como ellos.