Cuando comenzaba a escribir estas líneas, me vino a la mente, una de las situaciones que, lógicamente, nos ocurren cada año, cuando se van celebrando por meses, algunas realidades de nuestra vida, eclesiástica y nacional. Eso mismo, me hizo pensar en que sí, esperamos a que sea el mes de agosto para hablar de la familia y del matrimonio, estaremos en el fondo particularizando y reduciendo la temática a un solo espacio de tiempo, y no en una reflexión permanente. Sin embargo, es bien comprensible, que, dado que el tema de la familia, en el fondo afecta todo, aunque estemos hablando de situaciones que no parecen concomitantes, siempre lo son.
Hablamos claro de la familia y del matrimonio, sobre todo, como el núcleo fundamental en el que nace la vida, se gestan las relaciones y se desarrolla la persona humana como ente social, pero, también es cierto que utilizamos el término familia, de manera análoga, para hablar de la familia humana o de nuestras naciones como una familia. Nos resulta bastante natural, hablar de la familia hondureña. De ahí, nos debería de venir la reflexión sobre quién ejerce en nuestra sociedad el carácter paternal y maternal de esta familia nacional. En otras ocasiones, para el caso, sé que he sido lo suficientemente directo al referirme a los miembros del Congreso Nacional, a los que se acostumbra a llamar “padres y madres de la patria”, señalando que con ese tipo de padres y madres era mejor ser huérfano. Recuerdo incluso que en una ocasión uno de los señores diputados, no del congreso actual, sino de uno del pasado, me llamó bastante molesto, por lo que yo había señalado, pero después de una plática de unos cinco minutos me dijo: entonces yo también soy huérfano.
Es evidente que la paternidad tiene un carácter más allá de lo meramente biológico, porque de no ser así, a nosotros, sacerdotes, por nuestra responsabilidad pastoral, no debería llamársenos padres. Sin embargo, más allá de los fanatismos y lecturas minimalistas de la Palabra de Dios, después de mis años de ministerio, tengo que reconocer que el título es apropiado, pero al mismo tiempo, es un reto.
Todo líder en cualquier ámbito que comprenda bien su responsabilidad hacia los demás, debería entender que la función fundamental de un padre o de una madre es mantener la familia unida y ayudando a sus miembros a que desarrollen todo el potencial posible que los lleve a ser felices y ayudar a otros a serlo. Por vía negativa, no es ni debería de considerarse buen líder, alguien que se dedica a dividir o a buscar su provecho propio, sin ocuparse del bien de los demás, aunque en su boca y en sus discursos, diga todo lo contrario.
Así que, eso de familia hondureña tiene sus grandes bemoles en boca de farsantes que se la dan de inmaculados. Sobre todo, si son enfermos de poder.