La misión no termina con una actividad extraordinaria, sino que debe animar permanentemente la vida de la Iglesia. Este fue uno de los mensajes centrales de Monseñor José Vicente Nácher, arzobispo de Tegucigalpa, durante su participación en el primer día de la Asamblea Virtual Misionera, con la reflexión «¿Cómo seguir caminando juntos después de la misión?».
El pastor invitó a las comunidades, parroquias y diócesis de Honduras a mantener vivo el impulso evangelizador de la Santa Misión Nacional, sin separar el anuncio del Evangelio de la unidad eclesial. «Si no caminamos juntos, no hay misión, hay personalismos», afirmó, al recordar que Cristo es el único protagonista de la tarea misionera.
En su intervención, destacó que la coordinación nacional permitió multiplicar los frutos de las experiencias locales y expresó que la comunión también constituye un testimonio evangelizador. «Cuando hay unidad en la diversidad, respeto aún en las diferencias, entonces es cuando la Iglesia muestra más nítidamente el rostro de Cristo», señaló.
Una Iglesia en permanente estado de misión
Monseñor Nácher explicó que la Santa Misión no sustituye la pastoral ordinaria, sino que busca renovarla y ayudarla a llegar más lejos. Por ello, la continuidad no consiste únicamente en organizar nuevas actividades, sino en dar una renovada orientación evangelizadora a todas las dimensiones de la vida parroquial y diocesana.
«La Iglesia está en permanente estado de misión», expresó. Aclaró que las formas y los métodos pueden variar según las realidades de cada comunidad, mientras permanece la tarea de compartir la fe recibida.
En ese sentido, propuso crear itinerarios de fe donde hagan falta y coordinar y fortalecer los que ya existen. También subrayó la importancia de pequeñas comunidades de vida y de fe, donde las personas encuentren una Iglesia cercana, con nombre y rostro.
Evangelizar junto a las familias
Uno de los acentos de su reflexión fue reconocer a las familias como protagonistas de la evangelización y no solamente como destinatarias de la atención pastoral. «No solo evangelizar a las familias, sino junto a las familias», insistió.
El arzobispo animó a reconocer el carisma familiar en las parroquias y diócesis, y a cultivar una espiritualidad familiar misionera. Explicó que el testimonio puede expresarse mediante gestos sencillos y cotidianos, como saludar a los vecinos, favorecer el encuentro y la reconciliación, y hacer de los hogares espacios acogedores.
Desde esta perspectiva, invitó a entrelazar cada vez más familia y misión, para que las casas de las familias católicas sean lugares donde otras personas puedan experimentar la cercanía de la Iglesia.
De la sinodalidad como discurso al estilo de vida
Al referirse a la realidad hondureña, monseñor Nácher destacó que caminar juntos requiere valorar la historia de las comunidades, reconocer la riqueza de los servicios laicales —entre ellos, catequistas y delegados— y fortalecer la comunión entre pastores y fieles, respetando la diversidad.
Señaló que la renovación misionera no supone romper con lo anterior, sino agradecer los frutos recibidos y corregir con humildad aquello que dificulta una participación más amplia y una evangelización más cercana. «El desafío consiste en pasar de la sinodalidad como discurso a la sinodalidad como estilo de vida», sostuvo.
El arzobispo concluyó con una invitación a no quedarse detenidos en los métodos, las formas o los nombres, sino a mantener la mirada en el anuncio de Jesucristo y en el servicio a cada persona y comunidad. «No tenemos una misión, somos misión», expresó, antes de sintetizar el horizonte de su mensaje: «Caminando juntos somos misión».