La apertura de la Asamblea General de las Obras Misionales Pontificias en Roma ha ofrecido una ocasión privilegiada para profundizar en el Mensaje del Papa León XIV para la Jornada Mundial de las Misiones 2026. De esta manera comenzamos este encuentro anual del cual fui partícipe los días 27 de mayo al 3 de junio de 2026.
El Cardenal Luis Antonio Tagle, Pro-Prefecto del Dicasterio para la Evangelización en la sección para la Primera Evangelización y las nuevas Iglesias Particulares, con su habitual claridad espiritual, ha recordado que la misión cristiana no comienza en la estrategia ni en la planificación, sino en un acontecimiento fundante: el bautismo, donde nacen simultáneamente la unidad y la misión.
El punto de partida de su reflexión es la oración de Jesús en el capítulo 17 del Evangelio de san Juan: “Que todos sean uno”. En esta súplica, pronunciada antes de la pasión, se entrelazan la teología trinitaria, la espiritualidad cristiana y la identidad misionera de la Iglesia. Jesús no pide una unidad funcional, sino una comunión que tiene su origen en la vida misma de Dios. Esta comunión —don gratuito recibido en el bautismo— constituye el fundamento de toda misión. Ser bautizado significa ser introducido en la vida del Dios que es amor y comunión; por eso, la misión no es una tarea añadida, sino la expresión natural de esa vida recibida.
El Cardenal Tagle subraya que la unidad es también condición de credibilidad misionera. En un mundo marcado por divisiones, polarizaciones y conflictos, la comunión visible entre los cristianos se convierte en un signo profético. La unidad no es un fin en sí mismo, sino un testimonio: cuando la comunidad cristiana vive reconciliada, abierta y fraterna, anuncia silenciosamente quién es su Señor. La Iglesia evangeliza no solo por lo que dice, sino por lo que es.
Las primeras comunidades cristianas, descritas en los Hechos de los Apóstoles, ofrecen un paradigma luminoso: perseverancia en la enseñanza, oración, fracción del pan y comunión de bienes. Su vida comunitaria —“un solo corazón y una sola alma”— atraía a otros hacia la fe. Hoy, parroquias, diócesis y comunidades religiosas están llamadas a recuperar esta mística de la unidad misionera.
Finalmente, Tagle recuerda que la sustancia de esta unidad es el amor. La misión cristiana es misión de amor: un amor que se hace servicio, cercanía y cuidado, capaz de despertar en otros el deseo de conocer a Cristo.
En un mundo herido, la Iglesia está llamada a mostrar que la unidad es posible y real. La misión comienza allí donde los bautizados viven como hermanos, cuidándose unos a otros y haciendo visible la comunión del Dios trinitario.
¡Que el Espíritu Santo y nuestra Madre, María de Suyapa, nos ayuden a vivir una fraternidad que atraiga a todos hacia Cristo!