Sin duda que el misterio de la muerte nos golpea a todos, de alguna u otra manera. Hace algunas semanas les comentaba de la muerte de una de mis tías y lo que eso causó en mi familia.
En estos días, también me ha tocado a nivel de la parroquia y a nivel de algunas amistades que a lo largo de mi ministerio he ido cultivando, tener que acompañarles por la pérdida de alguno de sus seres queridos o bien directamente, por la muerte de algunas de estas personas conocidas.
Nuestra tentación es siempre la misma ¿no?. Utilizar en nuestro lenguaje a la hora de dar el pésame, frases como ésta: “lamento su pérdida”, “ya descansa de sus sufrimientos”, etc.
Si nos detuviésemos un momento a analizar esta manera nuestra de reaccionar ante la muerte de un ser querido, nos daríamos cuenta de lo lejos que nos encontramos del verdadero lenguaje cristiano frente a esto. No perdemos a las personas que queremos, no es que desaparecen y. mucho menos, es que tenemos “un Ángel en el cielo”.
Recuerdo que, en algún momento les platiqué del dolor que sentí con la muerte del Padre Lucio Amaya con quién fuimos compañeros en el seminario y a quién tuve el honor de acompañar en sus primeros años de formación. Igualmente, esta semana nos ha golpeado la Pascua de madre María de Jesús del Cid. Toda una institución en el instituto San José del Carmen.
De hecho, muchos se sorprenden al escucharme decir que mis primeros años de escuela los hice en esta institución. Tuve alguna tía que era carmelita de San José. La confusión viene de que todos creen que toda mi educación primaria y secundaria la hice con los salesianos, pero no es cierto. De hecho, con el paso de los años fui descubriendo que mi devoción a Nuestra Señora del Carmen y a la espiritualidad carmelita, me venía porque desde muy pequeño se me inculcó esta devoción. De eso, en buena parte, fue responsable madre María de Jesús.
En nuestra Tegucigalpa hemos tenido excelentes religiosas y religiosos que de alguna manera han contribuido a moldear nuestra particular espiritualidad y nuestra manera de ser creyentes. Recordamos siempre con gran cariño, a sor María Rosa y ahora sin duda, como nos lo hizo repetir el cardenal en su bella homilía, la memoria de madre María de Jesús permanecerá para siempre.
Más allá de la admiración que debemos sentir por estas personas que con sencillez, creatividad y absoluta confianza en la Divina Providencia, debemos agradecer el que hayan sido, y seguirán siendo, nuestros maestros y maestras. No nos cansemos de darle gracias a Dios porque nos ha concedido conocer personas santas, no personas perfectas sino personas según su Corazón.