El versículo de la Biblia más conocido por propios y extraños es San Juan 3, 16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, más tenga vida eterna”. En él se concentra todo el mensaje cristiano: el amor de Dios se hace entrega para ofrecer vida eterna a quien cree.
Por eso el Papa León XIV nos hace ver que la misión es cuestión del amor, así: “Si la unidad es la condición de la misión, el amor es su esencia. La Buena Nueva que estamos enviados a anunciar al mundo no es un ideal abstracto; es el Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y en la vida de Jesucristo”. (Mensaje de la 100° Jornada Mundial de las Misiones 2026).
El Sumo Pontífice nos continúa explicando: “La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo; una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor. Tanto es así que el mismo Señor, en su gran oración al Padre antes de la pasión, después de invocar la unidad de los discípulos, concluye de este modo: «Para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos» (San Juan 17, 26). Los apóstoles evangelizaron impulsados por el amor de Cristo y por Cristo (cf. 2 Corintios 5,14). De la misma manera, a lo largo de los siglos, multitudes de cristianos, mártires, confesores, misioneros han dado la vida para dar a conocer este amor divino al mundo. Así, la misión evangelizadora de la Iglesia continúa bajo la guía del Espíritu Santo, Espíritu de amor, hasta el fin de los tiempos” (idem).
Entre quienes comprendieron profundamente esta misión de amor, quiero mencionar a dos santos. Santa Teresita del Niño Jesús, patrona de las misiones, se hizo una con el Amor y lo expresó de esta manera: “En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor”. También san Juan de la Cruz nos dejó una enseñanza decisiva: “Al atardecer de la vida seremos examinados en el amor”.
Tenemos una deuda eterna de amor y gratitud con Dios. Sin haberlo merecido, recibimos el don de un Dios que se hizo frágil en nuestra humanidad, se entregó por completo para rescatarnos del pecado y nos prometió una vida de plenitud por toda la eternidad.
La misión solo puede realizarse plenamente cuando nace del amor. Consiste en comunicar el amor recibido, vivido con gratitud y llevado a la práctica, para que todos puedan experimentar ese mismo don y hacer suya la promesa de trascendencia. Nadie puede resistirse a un amor así.
¡Espíritu de Amor, sigue colmando nuestros corazones y acrecienta la hermandad de todo el género humano! ¡Que viva el Amor de Dios! ¡Que viva la Misión!