En esta época de redes sociales y con una multitud de “entrenadores de vida” aconsejando que debemos hacer y que debemos cambiar, asegurando que nos “conocen” y nos “ayudan” a ser mejores, a sacar nuestra mejor versión, fortaleciendo nuestro “amor propio”. Y es que el tema del amor propio esta dominando estos contextos de psicología, relaciones interpersonales y dinámica social. El extremo peligroso de esta tendencia es llegar al egocentrismo. Cabe preguntarse: ¿Cómo puede desarrollarse el amor propio en el contexto cristiano?
En este contexto, algunas posturas parecen contradictorias. Jesús respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (San Mateo 22, 37-39). Así, el amor propio queda ordenado por el amor a Dios: cuanto más amamos a Dios, más aprendemos a amarnos rectamente; y ese amor verdadero nunca se cierra en sí mismo, sino que se abre al amor por los demás.
Cristo profundiza esta enseñanza cuando dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (San Lucas 9, 23), “Si alguno viene a mí y no pospone… incluso a su propia vida, no puede ser discípulo mío” (San Lucas 14, 26). Y San Juan Bautista nos da el ejemplo: “Es necesario que él (Jesús) crezca y que yo mengüe” (San Juan 3, 30)
El Papa León XIV lo expresa de esta manera: “ser “uno en Cristo” nos llama a mantener siempre la mirada fija en el Señor, para que Él sea verdaderamente el centro de nuestra vida personal y comunitaria, de cada palabra, acción y relación interpersonal, de modo que podamos decir con asombro: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20). Esto será posible en la escucha constante de su Palabra y en la gracia de los sacramentos, para ser piedras vivas de la Iglesia, llamada hoy a recoger las instancias fundamentales del Concilio Vaticano II y del posterior Magisterio pontificio, en particular, del Papa Francisco. De hecho, como afirma san Pablo, «no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor» (2 Corintios 4, 5). Reitero, por tanto, las palabras de San Pablo VI: «No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el Reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios» (Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 22). Este proceso de auténtica evangelización comienza en el corazón de cada cristiano para extenderse a toda la humanidad. Por lo tanto, cuanto más unidos estemos en Cristo, tanto más podremos cumplir juntos la misión que Él nos confía.” (Mensaje para la 100° Jornada Mundial de las Misiones 2026)
Por eso, desde la fe cristiana, el amor propio no se entiende como una exaltación del yo, sino como una vida ordenada por el amor a Dios y abierta al servicio de los demás. Por eso, el misionero encuentra su verdadera identidad cuando deja que Jesucristo ocupe el centro de su corazón, de sus decisiones y de su anuncio. ¡Espíritu Santo ven y ayúdanos a dejar que Jesucristo ocupe el centro de nuestras vidas! Que, al vivir unidos a Él, nuestros labios nuestras acciones y nuestras relaciones anuncien sin descanso el Reino de los Cielos a todos.