Es muy cierto que es en las adversidades dónde se descubre la calidad de una persona y, sobre todo, de un pueblo.
En estas últimas semanas los terremotos que han golpeado a Venezuela y a Colombia nos han movido a todos a plantearnos precisamente el verdadero sentido de la solidaridad.
Y antes que se me olvide, esa idea que circula mucho en nuestro ambiente de que en Honduras no tiembla, o que nunca hemos sufrido terremotos de una magnitud, similar o tan devastadores, es una completa falacia. Si llegan a tener la ocasión de ver un mapa de las placas tectónicas de nuestro hemisferio, notarán rápidamente que nuestro país está precisamente en el centro de varias de las confluencias de estas placas. Dicho de otra manera, los roces, los movimientos de estas placas de alguna manera terminan afectando a nuestro territorio, pero claro, esta no es una columna sobre disertaciones, geológicas o descripciones de las liberaciones de energía del magma terrestre, sino una columna que pretende ayudarnos a pensar a todos, a partir de las circunstancias y los hechos en los que nos toca vivir.
De primera mano tuve la oportunidad de escuchar relatos de personas que acompañaron la crisis suscitada por los terremotos en el norte de Venezuela. Lo único que puedo decirles es que terminé llorando junto a ellos. Con todo, la colecta que se organizó para ayudar a estos hermanos por parte de nuestra arquidiócesis, tengo la impresión de que ha sido, sino la más, una de las más altas colectas realizadas por nosotros. Claro que eso habla muy bien, de nuestra solidaridad y de la legítima preocupación que tenemos por contribuir, incluso desde nuestra pobreza, a aliviar un poco el sufrimiento de aquellos que después de una catástrofe de esta magnitud, experimentan una especie de soledad y desamparo al que estamos llamados a responder desde nuestra fe.
Lo ocurrido en Colombia, por su parte, también nos ha golpeado y creo que lo sentimos muy de cerca, porque nuestra vinculación con este hermano país es mucho mayor que la que tenemos con Venezuela. Desde el momento que tenemos varios sacerdotes de origen colombiano, entre nosotros y muchas religiosas y hermanos laicos, incluso misioneros, viviendo entre nosotros, hacen que su dolor lo sintamos más de cerca. Además, si me lo permiten los videos, de tantas iglesias en Colombia, que han salido afectadas y descripciones de hermanos sacerdotes, que celebraban la Eucaristía en el momento del terremoto, al menos a mí, me pone los pelos de punta.
Junto a todo esto, quiero subrayar que las imágenes que más me han emocionado, en las últimas horas, ha sido la de la reacción de las personas que, estando en los lugares donde hay escombros y acompañando y sosteniendo la acción de los rescatistas, han exultado de una alegría que no es fingida, cada vez que sea ha logrado sacar alguna persona con vida
La solidaridad y la empatía no se deben perder nunca si queremos ser realmente cristianos.