Estamos a pocos meses de festejar los 100 años de la Jornada Mundial de las Misiones-18 de octubre de 2026- y, el Papa León XIV, nos lanza una propuesta, ser “Uno en Cristo y estar unidos en la misión” dejándonos guiar e inspirar por la gracia divina, para “renovar en nosotros el fuego de la vocación misionera” en la historia de la Iglesia. (Mensaje del Santo Padre León XIV para la 100° Jornada Mundial de las Misiones).
Nos continúa diciendo el Papa León: En el centro de la misión está el misterio de la unión con Cristo. Antes de su Pasión, Jesús oró al Padre: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (San Juan 17, 21). En estas palabras se revela el deseo más profundo del Señor Jesús y, al mismo tiempo, la identidad de la Iglesia, comunidad de sus discípulos: ser una comunión que nace de la Trinidad y que vive de y en la Trinidad, al servicio de la fraternidad entre todos los seres humanos y de la armonía con todas las criaturas. (Ídem).
Con estas palabras el Santo Padre resume su mensaje para el DOMUND 2026. Teniendo como guía de reflexión del pasaje de San Juan 17, 21 nos indica un fragmento de la llamada “Oración Sacerdotal” (ver San Juan 17, 1-26). Es Jesús, en esta intercesión como Sumo Sacerdote, que presenta al Padre a todos los futuros creyentes, manifestando que la unidad de sus discípulos misioneros es el faro que indica el camino hacia Dios.
Esta unidad es una adhesión completa y fiel a Dios que desemboca en la fraternidad para con todos. Desde el Antiguo Testamento, la Divinidad se reconoce como “celoso” – del hebreo qannā' (קַנָּא), cuyo sentido bíblico es amor ferviente y protector absoluto- y merecedor de toda adoración (ver Éxodo 20, 5; Éxodo 34, 14 y Deuteronomio 4, 24).
En el Nuevo Testamento, Jesucristo va haciendo comprender esta adhesión a la trascendencia de varias maneras. En San Mateo 13, 44-46 nos cuenta las parábolas del tesoro oculto en un campo y una perla fina descubierta, al encontrarlos hay una alegría inmensa que “vende todo lo que tiene”; así es el optar por Reino de los Cielos.
En San Marcos 1,16-20 está el llamado vocacional de Simón, Andrés, Santiago y Juan; dejando toda seguridad (las redes) y todo lazo afectivo (familia) de manera inmediata aceptan la misión propuesta. En San Lucas 14, 25-33 es extremo honesto al decir que hay de renunciar a los bienes y cargar la propia cruz (sufrimiento), para ser parte del Reino de Dios.
Y culminamos con San Juan 15,1-8 al describir la adhesión como una comunión íntima, mística y vital, a través de permanecer “injertados” a Dios; recibir constantemente la “savia” del Espíritu Santo para poder dar frutos de amor.
Para hacer “efectiva” la misión, el misionero vive una intimidad absoluta y plena con Cristo. Es una vida que testimonia celo por lo divino, alegría, despojo de lo material, libre de todo apego, desligado de las contrariedades de la vida y obediente a las inspiraciones del Espíritu Santo; es capaz de romper la indiferencia del mundo y provocar la fe. ¡Cristo vive y nos quiere con Él!