En habitual encontrarnos con afirmaciones como estas: “Desde que conocí el grupo no he querido formar parte de nada más en la Iglesia”, “Yo creo en Cristo, pero no creo en esto que se predica en la Iglesia”, “Yo he sido el presidente de la asociación X siempre”, “yo he sido la catequista por 20 años de este sector”, y un largo etcétera.
Algunas de estas afirmaciones reflejan más una militancia similar a un partido político, a una agrupación civil, etc.; que ha un discipulado cristiano. Es fundamental, para que esto no suceda, que todo bautizado tenga un encuentro personal con Cristo; de este punto parte todo y, en este punto, converge todo.
Los evangelios nos presentan varios encuentros con Cristo (ver San Marcos 10, 46-52; San Lucas 19, 1-10 y San Juan 4, 5-42), cabe mencionar principalmente la conversión de San Pablo (Hechos de los Apóstoles 9, 1-19). El común denominador de ellos son tres aspectos: Iniciativa de Dios, Reconocimiento de la verdad y Cambio de rumbo.
Todo verdadero discípulo de Jesús debe tener en su historial de vida un momento en el cual haya vivenciado estos tres momentos; porque de no ser así, solo se sentiría como “parte de algo” y no como miembro de la familia de Dios (cf. 1 Corintios 3, 4-9). Por consiguiente, todo verdadero misionero se reconoce elegido por iniciativa divina, revelándose la Verdad -Jesucristo- en su vida y aceptándose enviado para predicar esto a los hombres y mujeres de todas las naciones (ver Gálatas 1, 15-16)
El Papa León XIV nos lo expresa así: “Ser cristianos no es ante todo un conjunto de prácticas o ideas; es una vida en unión con Cristo, en la que participamos de la relación filial que Él vive con el Padre en el Espíritu Santo. Significa permanecer en Cristo como los sarmientos en la vid (cf. San Juan 15, 4), inmersos en la vida trinitaria. De esta unión brota la comunión recíproca entre los creyentes y nace toda fecundidad misionera. Sí, ‘la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión’, como enseñó San Juan Pablo II (cf. Exhortación apostólica Christifideles laici, 32)”. (Mensaje del Santo Padre León XIV para la 100° Jornada Mundial de las Misiones 2026).
El Santo Padre nos añade un elemento característico de un discípulo misionero: la Comunión. Y es que es imposible que un cristiano que se sienta enviado por Dios y su Iglesia, sea alguien aislado o que rehúya o atente contra la comunión de los hermanos. Una correcta y santa misión ejercida por una persona y/o una comunidad de creyentes siempre tendrá como fruto la comunión con sus hermanos y con la sociedad.
San Juan nos lo concluye con toda claridad: “Lo que hemos visto y oído, lo anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con los demás. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo”. (1 San Juan 1, 3) ¡Ven Espíritu Santo y haznos verdaderos seguidores de Cristo y testigos de su Resurrección!