El Padre Patricio Larrosa habla con naturalidad de su origen. Nació el 21 de enero de 1960. Viene de un pequeño pueblo llamado Huéneja, a los pies de Sierra Nevada, en la provincia de Granada, España, donde la fe y la vida agrícola modelan la existencia. Allí aprendió, entre castañas, caquis y estaciones marcadas, que la tierra se cuida con paciencia y que la vida se abraza con sencillez. Su infancia transcurrió entre la escuela, el campo y el cuidado de una cabra que abastecía de leche a su familia. Sin saberlo, la rutina humilde de servir y trabajar fue la escuela donde germinó su vocación.
Inquietud
El pueblo era profundamente religioso, con identidad marcada por la Virgen de la Presentación. Allí se celebraban tres eucaristías cada domingo y la ermita, pequeña y cercana, era su refugio favorito. La música lo cautivaba: un joven tocaba el piano y la misa se transformaba en una experiencia viva y familiar. Curiosamente, su primer intento de ser acólito terminó con una negativa. “Somos muchos”, le dijeron. Aquello no lo alejó de la iglesia; solo lo enseñó a esperar.
Mientras crecía, también soñó con ser veterinario. Las ciencias naturales lo fascinaban, y pensó dedicarse a ellas. Sin embargo, un Nuevo Testamento que leía cada mañana cambió el rumbo. Esa lectura constante lo convenció de algo definitivo: el Evangelio merecía una vida entera. Así, a los 17 años decidió que su camino estaba en el seminario.
Vocación
Su familia nunca lo obligó ni lo detuvo. Agricultores de fe madura, lo dejaron elegir con libertad. A los 11 años ingresó al seminario menor con un detalle inusual para un niño: ya quería ser misionero. Escuchó a un predicador que hablaba de ayudar en lugares lejanos y aquella idea prendió en su corazón como una semilla inevitable. Su formación continuó hasta los 25 años, siempre con el mismo deseo: servir donde hiciera falta.
Al ordenarse, él estaba dispuesto a irse de inmediato. El obispo le pidió quedarse algunos años en su diócesis, y obedeció. Fue una obediencia que casi lo arraiga definitivamente. Sin embargo, el impulso misionero volvió a tocar a su puerta. Esa convicción lo trajo, décadas después, a Honduras, donde ha entregado 33 años de ministerio. Allí, la paciencia del campo y la certeza del Evangelio siguen guiando su labor: sembrar, servir y hacer el bien, como quien cultiva la tierra y confía en Dios para la cosecha. Un testimonio que inspira, sencillo, profundo y lleno de esperanza.
Vocación temprana que definió toda una vida
A los 11 años, cuando otros apenas descubrían la infancia, el padre Patricio Larrosa tomó una decisión que marcaría su vida: ingresó al seminario menor con un deseo inusual para su edad. No buscaba solo estudiar, quería servir, salir al mundo y entregar su vida a la misión. Desde aquella temprana edad, su corazón ya pertenecía a la Iglesia.